Torció el gesto cuando vio su cara. Sabia que iba a doler volver a verse después de tanto tiempo y de tantas cosas vividas pero nunca imagino que su corazón se parase de aquella manera al ver su rostro.
Entonces entendió que todo había acabado, no habría más caricias ni más besos, no habría más confidencias de media noche ni más peleas con almohada que acababan con uno encima del otro.
No más palmadas divertidas en el trasero cuando cruzaba la cocina ni más besos fugaces de despedida hasta la noche.
No más noches en las que sólo el roce de su piel le hacía estremecer, donde se perdían entre las sabanas leves gemidos y palabras bañadas en el sudor propio de la actividad de la noche.
No más excursiones para descubrir sitios insólitos los dos juntos, no más paseos en coche con canciones cambiadas para hacerse reír, no más copas de vino encima de la mesa ni comidas improvisadas e imposibles.
No más riñas que acababan en llanto y luego en risa para seguir con besos.
No más....nada....
La distancia hizo de verdugo en su relación y la incomunicación hizo el resto. Su amor se apago como una vela: lentamente pero sin detenerse hasta llegar al final.
Un final que lejos de ser acalorado fue frio y doloroso, muy doloroso porque dos almas que hasta hacia poco tiempo se complementaban la una a la otra, se despedían la una de la otra como si no se conociesen. Como dos extraños. Como dos desconocidos.
Tragó bilis y respiró para intentar deshacer el nudo que tenia en el estomago. Sus miradas se cruzaron por un momento pero no se dijeron nada. ¿Debieron decirse algo? Nunca lo sabrían pero lo que si sabían es que después de ese momento, para cualquier cosa, ya era tarde.
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