Llevaba tanto tiempo esperando aquéllo. Tanto tiempo imaginando Cómo sería su reencuentro, que no sabia ni como moverse.
Mientras recorría su cuerpo con la mirada, temblaba como una hoja, como si fuera la primera vez que se veían.
Sintió sus manos sobre las caderas mientras le hacía avanzar lentamente. Un escalofrío recorrió su arqueada espalda; cuando la sensación llego a su nuca, sintió un beso plasmado en ella.
Retorcía su pelo mientras inhalaba la fragancia del cuello. Seguía siendo la misma que recordaba y se alegraba por ello: uno de sus mayores temores era, más que olvidar su cara, olvidar su olor, su perfume, la manera en que le hacía sentirse esa fragancia.
Con las manos buscó su pecho, sus dedos parecían tener en la memoria la anatomía de aquel cuerpo, pues se movían sin siquiera pensarlo produciendo una sensación placentera. La piel era como recordaba: suave, pálida, perfecta; solo surcada por un sin fin de lunares que hacían de esa piel el mejor de los lienzos. Un lienzo en el que pintar las caricias y los besos que se debían por la ausencia. Un lienzo que pedía a gritos ser pintado como su artista mejor sabía. Y eso es lo que iba a hacer.
Se tumbó boca a bajo y dejo que esos dedos recorrieran su cuerpo. Se dejó llevar por las sensaciones, esas que hacía mucho tiempo que no tenía y que, ahora se daba cuenta, había añorado más que nada.
No había ningún sonido en la habitación ni nada que pudiera causar distracción. No hacían falta palabras, solo se necesitaban el uno al otro y, ahora que se tenían, no necesitaban más.
Atrajo aquella cara que tantas noches de sueño le había quitado hacia la suya, buscando sus labios y poder volver a sentir el sabor de sus besos. Sintió enloquecer cuando sus bocas se juntaron en un beso tierno pero ansioso a la vez. Abrió los labios en busca de su lengua y, cuando la halló, un torrente de sensaciones enterradas volvió a su ser.
Cómo podía haber olvidado el sabor de sus besos, la textura de su lengua, la calidez con la que ambas se buscaban dentro de sus bocas. Había experimentado la añoranza, había echado de menos, pero no se había parado a pensar nunca en lo que había añorado aquellas sensaciones. Habían desaparecido simplemente, pero el encontrarlas de nuevo fue como un dulce descubrimiento, del que no se quería apartar.
Sintió dos tiernos besos en los párpados, cerrados para disfrutar más aún del momento, y unas manos que bajan desde su cuello hacia su pecho y su vientre. Soltó el abrazo en el que se aferraba a su tronco para no soltarle y se dejó llevar, esta vez un poco más lejos.
No quiso abrir los ojos mientras guardaba en su memoria cada sensacion: sus manos, su pelo, sus labios, su lengua recorriendo su cuerpo. Quería tener un recuerdo nítido de cada una, para que, de volverse a separar, no olvidase nunca como se sentía en esos momentos.
.........
Continuará...
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