La arena se metía entre sus dedos. Blanca y cálida la sentía, pues los rayos de sol hacían su máxima actividad a esas horas en la playa.
Mientras, con una mano distraida, se acariciaba el abultado vientre, pensando en cómo sería la cara de la vida que crecía en su interior.
Hacia ya algunos meses que se habia ido, aunque la ausencia se iba pasando mejor segun avanzaba su embarazo. "Volvera antes de que nazcas", decía al corazón que sentía dentro de ella. Pero, en esos momentos, empezaba a creer que nunca volvería; no habia recibido llamadas, ni mensajes, ni nada que la hiciera pensar que estaba bien y que todo iba a acabar pronto.
Por todos los medios se oían noticias de sangre, muerte y dolor. El mundo estaba siendo destruido y nada parecia impedir esa barbarie. Suerte tuvo, con otros pocos afortunados, de estar en esa playa, donde las bombas y la guerra parecían no querer entrar, al menos por el momento.
Las olas bañaban sus pies descalzos en una suave y humeda caricia, que ella recibía con gusto: sus pies se hallaban cansados e hinchados a causa de la gestación. Mirando al horizonte, se podía ver el rastro de la muerte a su paso por las ciudades: nubes inmensas de humo que coronaban el cielo, que el sol solo conseguía atravesar en horas como aquélla, cuando sus rayos más fuerza tenían y ganaban la batalla al rastro de la muerte.
Sintió un escalofrío y quiso tener a mano una chaqueta; su vestido azul dejaba los brazos al descubierto y hacia que la piel se tornase "de gallina" por el repentino frío.
Oyó que llamaban a comer. Echando un último vistazo al mar (el mismo mar que se lo llevó y que, así rezaba cada noche, debía traerlo con vida), esperando ver algún barco, suspiró al ver que no había nada a la vista y subió las escaleras blancas de madera en dirección al comedor.
Allí estaban los otros afortunados que, como ella, podían disfrutar de una tranquilidad relativa, pues, aun no teniendo el miedo de ser bombardeados en cualquier momento, sentían el miedo que las noticias de cada día les aseguraban.
-Pequeña Eli ven, siéntate con este viejo a la mesa- dijo una voz áspera y gastada por el tiempo.
El anciano Rob la ofrecía un asiento a su lado y una de sus cálidas sonrisas. Rob era un veterano, antaño luchó por su país cuando fue requerido pero su edad y su falta de piernas le impedían volver a cumplir con lo que el llamaba "su deber no cumplido".
Eli le devlvió la sonrisa, aunque tanto ella como el anciano sabían que era forzada. Todos en la casita de la playa sabían de la pena y melancolía de Eli. Cada uno aportaba su granito de arena para hacer su espera más feliz dentro de lo posible, pero, aunque agradecida, Eli no conseguía alegrarse con nadie.
Revolvía sin interés el contenido de su plato: carne estofada al estilo de Emma, la mujer de Rob y tan adorable y cariñosa como él.
Emma la miraba con el ceño fruncido, su opinion era que una mujer embarazada debía tener alegría en el cuerpo y en la cara o el bebé saldría pequeño y poco agraciado. Sabía y entendía de la situación de Eli, pues ella misma había sido mujer de militar en guerra, sabia lo que era esperar mientras los niños preguntaban una y otra vez por su padre. Ahora sabía lo que era esperar noicias de sus propios hijos, llamados a filas en cuanto empezó todo.
-Come,- la apremiaba- Eli come, por favor, no eres uno sino dos cuerpos ahora y ese niño o esa niña tiene que comer. A él no le gustaría verte sin comer, ya lo sabes, pequeña.
Eli la miró y una lágrima comenzó a recorrer su mejilla. Sus ojos se apagaron aun mas durante un instante. Emma sabía que no debía haber nombrado al padre de la criatura, pues Eli sentía un dolor desgarrador cada vez que o hacían, pero sabía que era la única manera de hacerla entrar en razón. No sintió pena por esa lágrima, sino que llenó mas el plato de la joven mientras la dedicaba su más maternal sonrisa.
Ella comenzó a comer a regañadientes al principio, pero, al notar que su vientre se agitaba con el alimento caliente, siguió comiendo con avidez hasta devorar el plato.
En ese momento oyeron madera arrastrase fuera, en el porche, Emma abrió la puerta y se encontró a Eddy, otro afortunado también golpeado por alguna guerra: le faltaba el ojo derecho y a veces su cabeza se iba a otra parte, haciendo que dejase de hablar bien en determinadas ocasiones, pero adoraba a Eli y saber que iba a tener pronto un bebé para jugar con el y enseñarle le tenía todo el día en el Taller.
Llamaban así al pequeño trozo de un antiguo jardín que tenía la casa, Eddy lo usaba para hacer sus tallas de madera con lo que encontraba en el pequeño bosque que tenían detras de la casa, pero ahora su labor la ocupaban las cosas que iba a necesitar el bebé de Eli, al que, cariñosamente llamaba: su sobrino.
-Mirrraaa Eli,- balbuceó, Emma sacudía la cabeza consciente de otro de sus pequeños ataques de habla- el "peqqqqueó" sobrriino "tié" cuna.
Eli se levantó agarrandose la tripa, que cada día le pesaba mas, y fue al encuentro de Eddy.
-Es preciosa Eddy, seguro que Emma me ayuda a hacer una mantita para poder tapar al bebé.- dijo acariciandole la mejilla.
Eddy se ruborizó, a pesar de sus años, y se fue presuroso al lado de Rob, quien le esperaba con otro plato de carne para comer.
-Es una suerte tenerle aquí, -declaró Emma mientras cogía de las manos a Eli- es el único que te hace reír de vez en cuando.
Eli se acercó más a Emma y la besó en la mejilla, -Gracias tata Emma- la dijo, -no sé qué sería de mi y del pequeño sin vosotros. Creo que voy a reposar un rato, esta critaturita pesa cada día mas y me deja agotada.
Dejó a aquella peculiar familia debatiendo sobre el coste de los aviones en el ejército y subió las escaleras hacia su cuarto. Alli todo era blanco, su color favorito, desde la madera de los muebles hasta la fina colcha que Emma la había conseguido bordar. Aquello la daba paz y tranquilidad, aunque fuera por breves momentos.
Se tumbó boca arriba y comenzo a acariciar su vientre mientras los párpados cedían al sueño. "Descansa tu también, donde estes, amor mío"...
Después de un tiempo que la pareció una eternidad, se despertó sobresaltada con el ruido de un disparo. Al abrir los ojos se encontró con los de Emma, hinchados por el llanto y llenos de miedo. "Eli, dicen que te buscan, vámonos", susurró a su oído. Eli se levantó de la cama y, poniendo las manos sobre su tripa miró a Emma. Ella estaba en la puerta esperando, pero sus ojos ya no tenían miedo sino que estaban vacíos, sin vida.
Se llevó las manos a la boca par ahogar un grito mientras el cuerpo de la anciana caía al suelo inherte. Detrás de él estaba un soldado con aspecto uraño que miraba a Eli con malicia.
-Aquí estas pequeña, -las palabras desprendían odio y un sucio deseo al verla con su fino vestido- te va a gustar lo que tengo que enseñarte.
Eli se agacho para proteger su vientre de las manos de aquel hombre pero, antes de que pudiera verlo, recibió un golpe en la cabeza quedándose sin sentido.
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Mientras, con una mano distraida, se acariciaba el abultado vientre, pensando en cómo sería la cara de la vida que crecía en su interior.
Hacia ya algunos meses que se habia ido, aunque la ausencia se iba pasando mejor segun avanzaba su embarazo. "Volvera antes de que nazcas", decía al corazón que sentía dentro de ella. Pero, en esos momentos, empezaba a creer que nunca volvería; no habia recibido llamadas, ni mensajes, ni nada que la hiciera pensar que estaba bien y que todo iba a acabar pronto.
Por todos los medios se oían noticias de sangre, muerte y dolor. El mundo estaba siendo destruido y nada parecia impedir esa barbarie. Suerte tuvo, con otros pocos afortunados, de estar en esa playa, donde las bombas y la guerra parecían no querer entrar, al menos por el momento.
Las olas bañaban sus pies descalzos en una suave y humeda caricia, que ella recibía con gusto: sus pies se hallaban cansados e hinchados a causa de la gestación. Mirando al horizonte, se podía ver el rastro de la muerte a su paso por las ciudades: nubes inmensas de humo que coronaban el cielo, que el sol solo conseguía atravesar en horas como aquélla, cuando sus rayos más fuerza tenían y ganaban la batalla al rastro de la muerte.
Sintió un escalofrío y quiso tener a mano una chaqueta; su vestido azul dejaba los brazos al descubierto y hacia que la piel se tornase "de gallina" por el repentino frío.
Oyó que llamaban a comer. Echando un último vistazo al mar (el mismo mar que se lo llevó y que, así rezaba cada noche, debía traerlo con vida), esperando ver algún barco, suspiró al ver que no había nada a la vista y subió las escaleras blancas de madera en dirección al comedor.
Allí estaban los otros afortunados que, como ella, podían disfrutar de una tranquilidad relativa, pues, aun no teniendo el miedo de ser bombardeados en cualquier momento, sentían el miedo que las noticias de cada día les aseguraban.
-Pequeña Eli ven, siéntate con este viejo a la mesa- dijo una voz áspera y gastada por el tiempo.
El anciano Rob la ofrecía un asiento a su lado y una de sus cálidas sonrisas. Rob era un veterano, antaño luchó por su país cuando fue requerido pero su edad y su falta de piernas le impedían volver a cumplir con lo que el llamaba "su deber no cumplido".
Eli le devlvió la sonrisa, aunque tanto ella como el anciano sabían que era forzada. Todos en la casita de la playa sabían de la pena y melancolía de Eli. Cada uno aportaba su granito de arena para hacer su espera más feliz dentro de lo posible, pero, aunque agradecida, Eli no conseguía alegrarse con nadie.
Revolvía sin interés el contenido de su plato: carne estofada al estilo de Emma, la mujer de Rob y tan adorable y cariñosa como él.
Emma la miraba con el ceño fruncido, su opinion era que una mujer embarazada debía tener alegría en el cuerpo y en la cara o el bebé saldría pequeño y poco agraciado. Sabía y entendía de la situación de Eli, pues ella misma había sido mujer de militar en guerra, sabia lo que era esperar mientras los niños preguntaban una y otra vez por su padre. Ahora sabía lo que era esperar noicias de sus propios hijos, llamados a filas en cuanto empezó todo.
-Come,- la apremiaba- Eli come, por favor, no eres uno sino dos cuerpos ahora y ese niño o esa niña tiene que comer. A él no le gustaría verte sin comer, ya lo sabes, pequeña.
Eli la miró y una lágrima comenzó a recorrer su mejilla. Sus ojos se apagaron aun mas durante un instante. Emma sabía que no debía haber nombrado al padre de la criatura, pues Eli sentía un dolor desgarrador cada vez que o hacían, pero sabía que era la única manera de hacerla entrar en razón. No sintió pena por esa lágrima, sino que llenó mas el plato de la joven mientras la dedicaba su más maternal sonrisa.
Ella comenzó a comer a regañadientes al principio, pero, al notar que su vientre se agitaba con el alimento caliente, siguió comiendo con avidez hasta devorar el plato.
En ese momento oyeron madera arrastrase fuera, en el porche, Emma abrió la puerta y se encontró a Eddy, otro afortunado también golpeado por alguna guerra: le faltaba el ojo derecho y a veces su cabeza se iba a otra parte, haciendo que dejase de hablar bien en determinadas ocasiones, pero adoraba a Eli y saber que iba a tener pronto un bebé para jugar con el y enseñarle le tenía todo el día en el Taller.
Llamaban así al pequeño trozo de un antiguo jardín que tenía la casa, Eddy lo usaba para hacer sus tallas de madera con lo que encontraba en el pequeño bosque que tenían detras de la casa, pero ahora su labor la ocupaban las cosas que iba a necesitar el bebé de Eli, al que, cariñosamente llamaba: su sobrino.
-Mirrraaa Eli,- balbuceó, Emma sacudía la cabeza consciente de otro de sus pequeños ataques de habla- el "peqqqqueó" sobrriino "tié" cuna.
Eli se levantó agarrandose la tripa, que cada día le pesaba mas, y fue al encuentro de Eddy.
-Es preciosa Eddy, seguro que Emma me ayuda a hacer una mantita para poder tapar al bebé.- dijo acariciandole la mejilla.
Eddy se ruborizó, a pesar de sus años, y se fue presuroso al lado de Rob, quien le esperaba con otro plato de carne para comer.
-Es una suerte tenerle aquí, -declaró Emma mientras cogía de las manos a Eli- es el único que te hace reír de vez en cuando.
Eli se acercó más a Emma y la besó en la mejilla, -Gracias tata Emma- la dijo, -no sé qué sería de mi y del pequeño sin vosotros. Creo que voy a reposar un rato, esta critaturita pesa cada día mas y me deja agotada.
Dejó a aquella peculiar familia debatiendo sobre el coste de los aviones en el ejército y subió las escaleras hacia su cuarto. Alli todo era blanco, su color favorito, desde la madera de los muebles hasta la fina colcha que Emma la había conseguido bordar. Aquello la daba paz y tranquilidad, aunque fuera por breves momentos.
Se tumbó boca arriba y comenzo a acariciar su vientre mientras los párpados cedían al sueño. "Descansa tu también, donde estes, amor mío"...
Después de un tiempo que la pareció una eternidad, se despertó sobresaltada con el ruido de un disparo. Al abrir los ojos se encontró con los de Emma, hinchados por el llanto y llenos de miedo. "Eli, dicen que te buscan, vámonos", susurró a su oído. Eli se levantó de la cama y, poniendo las manos sobre su tripa miró a Emma. Ella estaba en la puerta esperando, pero sus ojos ya no tenían miedo sino que estaban vacíos, sin vida.
Se llevó las manos a la boca par ahogar un grito mientras el cuerpo de la anciana caía al suelo inherte. Detrás de él estaba un soldado con aspecto uraño que miraba a Eli con malicia.
-Aquí estas pequeña, -las palabras desprendían odio y un sucio deseo al verla con su fino vestido- te va a gustar lo que tengo que enseñarte.
Eli se agacho para proteger su vientre de las manos de aquel hombre pero, antes de que pudiera verlo, recibió un golpe en la cabeza quedándose sin sentido.
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