Torció el gesto cuando vio su cara. Sabia que iba a doler volver a verse después de tanto tiempo y de tantas cosas vividas pero nunca imagino que su corazón se parase de aquella manera al ver su rostro.
Entonces entendió que todo había acabado, no habría más caricias ni más besos, no habría más confidencias de media noche ni más peleas con almohada que acababan con uno encima del otro.
No más palmadas divertidas en el trasero cuando cruzaba la cocina ni más besos fugaces de despedida hasta la noche.
No más noches en las que sólo el roce de su piel le hacía estremecer, donde se perdían entre las sabanas leves gemidos y palabras bañadas en el sudor propio de la actividad de la noche.
No más excursiones para descubrir sitios insólitos los dos juntos, no más paseos en coche con canciones cambiadas para hacerse reír, no más copas de vino encima de la mesa ni comidas improvisadas e imposibles.
No más riñas que acababan en llanto y luego en risa para seguir con besos.
No más....nada....
La distancia hizo de verdugo en su relación y la incomunicación hizo el resto. Su amor se apago como una vela: lentamente pero sin detenerse hasta llegar al final.
Un final que lejos de ser acalorado fue frio y doloroso, muy doloroso porque dos almas que hasta hacia poco tiempo se complementaban la una a la otra, se despedían la una de la otra como si no se conociesen. Como dos extraños. Como dos desconocidos.
Tragó bilis y respiró para intentar deshacer el nudo que tenia en el estomago. Sus miradas se cruzaron por un momento pero no se dijeron nada. ¿Debieron decirse algo? Nunca lo sabrían pero lo que si sabían es que después de ese momento, para cualquier cosa, ya era tarde.
jueves, 14 de julio de 2016
jueves, 7 de julio de 2016
El estofado de Emma
La arena se metía entre sus dedos. Blanca y cálida la sentía, pues los rayos de sol hacían su máxima actividad a esas horas en la playa.
Mientras, con una mano distraida, se acariciaba el abultado vientre, pensando en cómo sería la cara de la vida que crecía en su interior.
Hacia ya algunos meses que se habia ido, aunque la ausencia se iba pasando mejor segun avanzaba su embarazo. "Volvera antes de que nazcas", decía al corazón que sentía dentro de ella. Pero, en esos momentos, empezaba a creer que nunca volvería; no habia recibido llamadas, ni mensajes, ni nada que la hiciera pensar que estaba bien y que todo iba a acabar pronto.
Por todos los medios se oían noticias de sangre, muerte y dolor. El mundo estaba siendo destruido y nada parecia impedir esa barbarie. Suerte tuvo, con otros pocos afortunados, de estar en esa playa, donde las bombas y la guerra parecían no querer entrar, al menos por el momento.
Las olas bañaban sus pies descalzos en una suave y humeda caricia, que ella recibía con gusto: sus pies se hallaban cansados e hinchados a causa de la gestación. Mirando al horizonte, se podía ver el rastro de la muerte a su paso por las ciudades: nubes inmensas de humo que coronaban el cielo, que el sol solo conseguía atravesar en horas como aquélla, cuando sus rayos más fuerza tenían y ganaban la batalla al rastro de la muerte.
Sintió un escalofrío y quiso tener a mano una chaqueta; su vestido azul dejaba los brazos al descubierto y hacia que la piel se tornase "de gallina" por el repentino frío.
Oyó que llamaban a comer. Echando un último vistazo al mar (el mismo mar que se lo llevó y que, así rezaba cada noche, debía traerlo con vida), esperando ver algún barco, suspiró al ver que no había nada a la vista y subió las escaleras blancas de madera en dirección al comedor.
Allí estaban los otros afortunados que, como ella, podían disfrutar de una tranquilidad relativa, pues, aun no teniendo el miedo de ser bombardeados en cualquier momento, sentían el miedo que las noticias de cada día les aseguraban.
-Pequeña Eli ven, siéntate con este viejo a la mesa- dijo una voz áspera y gastada por el tiempo.
El anciano Rob la ofrecía un asiento a su lado y una de sus cálidas sonrisas. Rob era un veterano, antaño luchó por su país cuando fue requerido pero su edad y su falta de piernas le impedían volver a cumplir con lo que el llamaba "su deber no cumplido".
Eli le devlvió la sonrisa, aunque tanto ella como el anciano sabían que era forzada. Todos en la casita de la playa sabían de la pena y melancolía de Eli. Cada uno aportaba su granito de arena para hacer su espera más feliz dentro de lo posible, pero, aunque agradecida, Eli no conseguía alegrarse con nadie.
Revolvía sin interés el contenido de su plato: carne estofada al estilo de Emma, la mujer de Rob y tan adorable y cariñosa como él.
Emma la miraba con el ceño fruncido, su opinion era que una mujer embarazada debía tener alegría en el cuerpo y en la cara o el bebé saldría pequeño y poco agraciado. Sabía y entendía de la situación de Eli, pues ella misma había sido mujer de militar en guerra, sabia lo que era esperar mientras los niños preguntaban una y otra vez por su padre. Ahora sabía lo que era esperar noicias de sus propios hijos, llamados a filas en cuanto empezó todo.
-Come,- la apremiaba- Eli come, por favor, no eres uno sino dos cuerpos ahora y ese niño o esa niña tiene que comer. A él no le gustaría verte sin comer, ya lo sabes, pequeña.
Eli la miró y una lágrima comenzó a recorrer su mejilla. Sus ojos se apagaron aun mas durante un instante. Emma sabía que no debía haber nombrado al padre de la criatura, pues Eli sentía un dolor desgarrador cada vez que o hacían, pero sabía que era la única manera de hacerla entrar en razón. No sintió pena por esa lágrima, sino que llenó mas el plato de la joven mientras la dedicaba su más maternal sonrisa.
Ella comenzó a comer a regañadientes al principio, pero, al notar que su vientre se agitaba con el alimento caliente, siguió comiendo con avidez hasta devorar el plato.
En ese momento oyeron madera arrastrase fuera, en el porche, Emma abrió la puerta y se encontró a Eddy, otro afortunado también golpeado por alguna guerra: le faltaba el ojo derecho y a veces su cabeza se iba a otra parte, haciendo que dejase de hablar bien en determinadas ocasiones, pero adoraba a Eli y saber que iba a tener pronto un bebé para jugar con el y enseñarle le tenía todo el día en el Taller.
Llamaban así al pequeño trozo de un antiguo jardín que tenía la casa, Eddy lo usaba para hacer sus tallas de madera con lo que encontraba en el pequeño bosque que tenían detras de la casa, pero ahora su labor la ocupaban las cosas que iba a necesitar el bebé de Eli, al que, cariñosamente llamaba: su sobrino.
-Mirrraaa Eli,- balbuceó, Emma sacudía la cabeza consciente de otro de sus pequeños ataques de habla- el "peqqqqueó" sobrriino "tié" cuna.
Eli se levantó agarrandose la tripa, que cada día le pesaba mas, y fue al encuentro de Eddy.
-Es preciosa Eddy, seguro que Emma me ayuda a hacer una mantita para poder tapar al bebé.- dijo acariciandole la mejilla.
Eddy se ruborizó, a pesar de sus años, y se fue presuroso al lado de Rob, quien le esperaba con otro plato de carne para comer.
-Es una suerte tenerle aquí, -declaró Emma mientras cogía de las manos a Eli- es el único que te hace reír de vez en cuando.
Eli se acercó más a Emma y la besó en la mejilla, -Gracias tata Emma- la dijo, -no sé qué sería de mi y del pequeño sin vosotros. Creo que voy a reposar un rato, esta critaturita pesa cada día mas y me deja agotada.
Dejó a aquella peculiar familia debatiendo sobre el coste de los aviones en el ejército y subió las escaleras hacia su cuarto. Alli todo era blanco, su color favorito, desde la madera de los muebles hasta la fina colcha que Emma la había conseguido bordar. Aquello la daba paz y tranquilidad, aunque fuera por breves momentos.
Se tumbó boca arriba y comenzo a acariciar su vientre mientras los párpados cedían al sueño. "Descansa tu también, donde estes, amor mío"...
Después de un tiempo que la pareció una eternidad, se despertó sobresaltada con el ruido de un disparo. Al abrir los ojos se encontró con los de Emma, hinchados por el llanto y llenos de miedo. "Eli, dicen que te buscan, vámonos", susurró a su oído. Eli se levantó de la cama y, poniendo las manos sobre su tripa miró a Emma. Ella estaba en la puerta esperando, pero sus ojos ya no tenían miedo sino que estaban vacíos, sin vida.
Se llevó las manos a la boca par ahogar un grito mientras el cuerpo de la anciana caía al suelo inherte. Detrás de él estaba un soldado con aspecto uraño que miraba a Eli con malicia.
-Aquí estas pequeña, -las palabras desprendían odio y un sucio deseo al verla con su fino vestido- te va a gustar lo que tengo que enseñarte.
Eli se agacho para proteger su vientre de las manos de aquel hombre pero, antes de que pudiera verlo, recibió un golpe en la cabeza quedándose sin sentido.
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Mientras, con una mano distraida, se acariciaba el abultado vientre, pensando en cómo sería la cara de la vida que crecía en su interior.
Hacia ya algunos meses que se habia ido, aunque la ausencia se iba pasando mejor segun avanzaba su embarazo. "Volvera antes de que nazcas", decía al corazón que sentía dentro de ella. Pero, en esos momentos, empezaba a creer que nunca volvería; no habia recibido llamadas, ni mensajes, ni nada que la hiciera pensar que estaba bien y que todo iba a acabar pronto.
Por todos los medios se oían noticias de sangre, muerte y dolor. El mundo estaba siendo destruido y nada parecia impedir esa barbarie. Suerte tuvo, con otros pocos afortunados, de estar en esa playa, donde las bombas y la guerra parecían no querer entrar, al menos por el momento.
Las olas bañaban sus pies descalzos en una suave y humeda caricia, que ella recibía con gusto: sus pies se hallaban cansados e hinchados a causa de la gestación. Mirando al horizonte, se podía ver el rastro de la muerte a su paso por las ciudades: nubes inmensas de humo que coronaban el cielo, que el sol solo conseguía atravesar en horas como aquélla, cuando sus rayos más fuerza tenían y ganaban la batalla al rastro de la muerte.
Sintió un escalofrío y quiso tener a mano una chaqueta; su vestido azul dejaba los brazos al descubierto y hacia que la piel se tornase "de gallina" por el repentino frío.
Oyó que llamaban a comer. Echando un último vistazo al mar (el mismo mar que se lo llevó y que, así rezaba cada noche, debía traerlo con vida), esperando ver algún barco, suspiró al ver que no había nada a la vista y subió las escaleras blancas de madera en dirección al comedor.
Allí estaban los otros afortunados que, como ella, podían disfrutar de una tranquilidad relativa, pues, aun no teniendo el miedo de ser bombardeados en cualquier momento, sentían el miedo que las noticias de cada día les aseguraban.
-Pequeña Eli ven, siéntate con este viejo a la mesa- dijo una voz áspera y gastada por el tiempo.
El anciano Rob la ofrecía un asiento a su lado y una de sus cálidas sonrisas. Rob era un veterano, antaño luchó por su país cuando fue requerido pero su edad y su falta de piernas le impedían volver a cumplir con lo que el llamaba "su deber no cumplido".
Eli le devlvió la sonrisa, aunque tanto ella como el anciano sabían que era forzada. Todos en la casita de la playa sabían de la pena y melancolía de Eli. Cada uno aportaba su granito de arena para hacer su espera más feliz dentro de lo posible, pero, aunque agradecida, Eli no conseguía alegrarse con nadie.
Revolvía sin interés el contenido de su plato: carne estofada al estilo de Emma, la mujer de Rob y tan adorable y cariñosa como él.
Emma la miraba con el ceño fruncido, su opinion era que una mujer embarazada debía tener alegría en el cuerpo y en la cara o el bebé saldría pequeño y poco agraciado. Sabía y entendía de la situación de Eli, pues ella misma había sido mujer de militar en guerra, sabia lo que era esperar mientras los niños preguntaban una y otra vez por su padre. Ahora sabía lo que era esperar noicias de sus propios hijos, llamados a filas en cuanto empezó todo.
-Come,- la apremiaba- Eli come, por favor, no eres uno sino dos cuerpos ahora y ese niño o esa niña tiene que comer. A él no le gustaría verte sin comer, ya lo sabes, pequeña.
Eli la miró y una lágrima comenzó a recorrer su mejilla. Sus ojos se apagaron aun mas durante un instante. Emma sabía que no debía haber nombrado al padre de la criatura, pues Eli sentía un dolor desgarrador cada vez que o hacían, pero sabía que era la única manera de hacerla entrar en razón. No sintió pena por esa lágrima, sino que llenó mas el plato de la joven mientras la dedicaba su más maternal sonrisa.
Ella comenzó a comer a regañadientes al principio, pero, al notar que su vientre se agitaba con el alimento caliente, siguió comiendo con avidez hasta devorar el plato.
En ese momento oyeron madera arrastrase fuera, en el porche, Emma abrió la puerta y se encontró a Eddy, otro afortunado también golpeado por alguna guerra: le faltaba el ojo derecho y a veces su cabeza se iba a otra parte, haciendo que dejase de hablar bien en determinadas ocasiones, pero adoraba a Eli y saber que iba a tener pronto un bebé para jugar con el y enseñarle le tenía todo el día en el Taller.
Llamaban así al pequeño trozo de un antiguo jardín que tenía la casa, Eddy lo usaba para hacer sus tallas de madera con lo que encontraba en el pequeño bosque que tenían detras de la casa, pero ahora su labor la ocupaban las cosas que iba a necesitar el bebé de Eli, al que, cariñosamente llamaba: su sobrino.
-Mirrraaa Eli,- balbuceó, Emma sacudía la cabeza consciente de otro de sus pequeños ataques de habla- el "peqqqqueó" sobrriino "tié" cuna.
Eli se levantó agarrandose la tripa, que cada día le pesaba mas, y fue al encuentro de Eddy.
-Es preciosa Eddy, seguro que Emma me ayuda a hacer una mantita para poder tapar al bebé.- dijo acariciandole la mejilla.
Eddy se ruborizó, a pesar de sus años, y se fue presuroso al lado de Rob, quien le esperaba con otro plato de carne para comer.
-Es una suerte tenerle aquí, -declaró Emma mientras cogía de las manos a Eli- es el único que te hace reír de vez en cuando.
Eli se acercó más a Emma y la besó en la mejilla, -Gracias tata Emma- la dijo, -no sé qué sería de mi y del pequeño sin vosotros. Creo que voy a reposar un rato, esta critaturita pesa cada día mas y me deja agotada.
Dejó a aquella peculiar familia debatiendo sobre el coste de los aviones en el ejército y subió las escaleras hacia su cuarto. Alli todo era blanco, su color favorito, desde la madera de los muebles hasta la fina colcha que Emma la había conseguido bordar. Aquello la daba paz y tranquilidad, aunque fuera por breves momentos.
Se tumbó boca arriba y comenzo a acariciar su vientre mientras los párpados cedían al sueño. "Descansa tu también, donde estes, amor mío"...
Después de un tiempo que la pareció una eternidad, se despertó sobresaltada con el ruido de un disparo. Al abrir los ojos se encontró con los de Emma, hinchados por el llanto y llenos de miedo. "Eli, dicen que te buscan, vámonos", susurró a su oído. Eli se levantó de la cama y, poniendo las manos sobre su tripa miró a Emma. Ella estaba en la puerta esperando, pero sus ojos ya no tenían miedo sino que estaban vacíos, sin vida.
Se llevó las manos a la boca par ahogar un grito mientras el cuerpo de la anciana caía al suelo inherte. Detrás de él estaba un soldado con aspecto uraño que miraba a Eli con malicia.
-Aquí estas pequeña, -las palabras desprendían odio y un sucio deseo al verla con su fino vestido- te va a gustar lo que tengo que enseñarte.
Eli se agacho para proteger su vientre de las manos de aquel hombre pero, antes de que pudiera verlo, recibió un golpe en la cabeza quedándose sin sentido.
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martes, 5 de julio de 2016
Caricias
Llevaba tanto tiempo esperando aquéllo. Tanto tiempo imaginando Cómo sería su reencuentro, que no sabia ni como moverse.
Mientras recorría su cuerpo con la mirada, temblaba como una hoja, como si fuera la primera vez que se veían.
Sintió sus manos sobre las caderas mientras le hacía avanzar lentamente. Un escalofrío recorrió su arqueada espalda; cuando la sensación llego a su nuca, sintió un beso plasmado en ella.
Retorcía su pelo mientras inhalaba la fragancia del cuello. Seguía siendo la misma que recordaba y se alegraba por ello: uno de sus mayores temores era, más que olvidar su cara, olvidar su olor, su perfume, la manera en que le hacía sentirse esa fragancia.
Con las manos buscó su pecho, sus dedos parecían tener en la memoria la anatomía de aquel cuerpo, pues se movían sin siquiera pensarlo produciendo una sensación placentera. La piel era como recordaba: suave, pálida, perfecta; solo surcada por un sin fin de lunares que hacían de esa piel el mejor de los lienzos. Un lienzo en el que pintar las caricias y los besos que se debían por la ausencia. Un lienzo que pedía a gritos ser pintado como su artista mejor sabía. Y eso es lo que iba a hacer.
Se tumbó boca a bajo y dejo que esos dedos recorrieran su cuerpo. Se dejó llevar por las sensaciones, esas que hacía mucho tiempo que no tenía y que, ahora se daba cuenta, había añorado más que nada.
No había ningún sonido en la habitación ni nada que pudiera causar distracción. No hacían falta palabras, solo se necesitaban el uno al otro y, ahora que se tenían, no necesitaban más.
Atrajo aquella cara que tantas noches de sueño le había quitado hacia la suya, buscando sus labios y poder volver a sentir el sabor de sus besos. Sintió enloquecer cuando sus bocas se juntaron en un beso tierno pero ansioso a la vez. Abrió los labios en busca de su lengua y, cuando la halló, un torrente de sensaciones enterradas volvió a su ser.
Cómo podía haber olvidado el sabor de sus besos, la textura de su lengua, la calidez con la que ambas se buscaban dentro de sus bocas. Había experimentado la añoranza, había echado de menos, pero no se había parado a pensar nunca en lo que había añorado aquellas sensaciones. Habían desaparecido simplemente, pero el encontrarlas de nuevo fue como un dulce descubrimiento, del que no se quería apartar.
Sintió dos tiernos besos en los párpados, cerrados para disfrutar más aún del momento, y unas manos que bajan desde su cuello hacia su pecho y su vientre. Soltó el abrazo en el que se aferraba a su tronco para no soltarle y se dejó llevar, esta vez un poco más lejos.
No quiso abrir los ojos mientras guardaba en su memoria cada sensacion: sus manos, su pelo, sus labios, su lengua recorriendo su cuerpo. Quería tener un recuerdo nítido de cada una, para que, de volverse a separar, no olvidase nunca como se sentía en esos momentos.
.........
Continuará...
Mientras recorría su cuerpo con la mirada, temblaba como una hoja, como si fuera la primera vez que se veían.
Sintió sus manos sobre las caderas mientras le hacía avanzar lentamente. Un escalofrío recorrió su arqueada espalda; cuando la sensación llego a su nuca, sintió un beso plasmado en ella.
Retorcía su pelo mientras inhalaba la fragancia del cuello. Seguía siendo la misma que recordaba y se alegraba por ello: uno de sus mayores temores era, más que olvidar su cara, olvidar su olor, su perfume, la manera en que le hacía sentirse esa fragancia.
Con las manos buscó su pecho, sus dedos parecían tener en la memoria la anatomía de aquel cuerpo, pues se movían sin siquiera pensarlo produciendo una sensación placentera. La piel era como recordaba: suave, pálida, perfecta; solo surcada por un sin fin de lunares que hacían de esa piel el mejor de los lienzos. Un lienzo en el que pintar las caricias y los besos que se debían por la ausencia. Un lienzo que pedía a gritos ser pintado como su artista mejor sabía. Y eso es lo que iba a hacer.
Se tumbó boca a bajo y dejo que esos dedos recorrieran su cuerpo. Se dejó llevar por las sensaciones, esas que hacía mucho tiempo que no tenía y que, ahora se daba cuenta, había añorado más que nada.
No había ningún sonido en la habitación ni nada que pudiera causar distracción. No hacían falta palabras, solo se necesitaban el uno al otro y, ahora que se tenían, no necesitaban más.
Atrajo aquella cara que tantas noches de sueño le había quitado hacia la suya, buscando sus labios y poder volver a sentir el sabor de sus besos. Sintió enloquecer cuando sus bocas se juntaron en un beso tierno pero ansioso a la vez. Abrió los labios en busca de su lengua y, cuando la halló, un torrente de sensaciones enterradas volvió a su ser.
Cómo podía haber olvidado el sabor de sus besos, la textura de su lengua, la calidez con la que ambas se buscaban dentro de sus bocas. Había experimentado la añoranza, había echado de menos, pero no se había parado a pensar nunca en lo que había añorado aquellas sensaciones. Habían desaparecido simplemente, pero el encontrarlas de nuevo fue como un dulce descubrimiento, del que no se quería apartar.
Sintió dos tiernos besos en los párpados, cerrados para disfrutar más aún del momento, y unas manos que bajan desde su cuello hacia su pecho y su vientre. Soltó el abrazo en el que se aferraba a su tronco para no soltarle y se dejó llevar, esta vez un poco más lejos.
No quiso abrir los ojos mientras guardaba en su memoria cada sensacion: sus manos, su pelo, sus labios, su lengua recorriendo su cuerpo. Quería tener un recuerdo nítido de cada una, para que, de volverse a separar, no olvidase nunca como se sentía en esos momentos.
.........
Continuará...
domingo, 3 de julio de 2016
Hope
Cuando cerró la llamada, la imagen del monitor se quedo congelada y solo se veía su cara sonriendo. Era la primera vez, en mucho tiempo, que se alegraba de ver una cara sonriente de ese modo, porque sabía que era quien la causaba.
Un escalofrío recorrió su cuerpo cuando volvió a pensar en la conversación de hacia unos minutos. Tenían planes, se dijo, planes que daban esperanza a su corazón, que llevaba un tiempo algo herido, y dejaba vislumbrar un futuro algo más cercano de lo que le había visto hasta ese momento.
Quizá no fuera lo que se hubiera planeado en su día, quizá no fuera como debiera haber sido; la realidad era que estaba pasando y tenia dos opciones: empezar o estancarse.
Empezar siempre da miedo, dicen los mayores, es algo peligroso y poco cierto muchas veces. Pero estancarse es peor, pues te quedarás siempre con la duda de qué hubiera pasado de haber empezado.
Ellos tuvieron que empezar de alguna manera. Fuera la buena o la mala, pero empezaron. Sólo era cuestión de tiempo saber si esa forma de empezar era la correcta, pero si no lo era tampoco importaba porque, tras estar dando tumbos sin dirección fija, iban a empezar a escribir juntos su historia.
Su historia, tenia claro que iba a ser suya y de nadie más. No iba a permitir los errores del pasado y dejar que otros decidieran por ellos. Eso se había acabado, les tocaba a ellos comenzar y no quería ni dejaría que les dijeran lo contrario.
De todos modos, se dijo mientras cerraba el portátil, sabemos que el fuego quema porque alguna vez nos hemos quemado. Si no nos hubieran dejado, el fuego seria un completo desconocido.
Mientras se metía en la cama sonrió feliz y con ganas. Sabia que no iba a ser al día siguiente, que aún había que esperar, pero su comienzo estaba cerca. Esa sensación se metía en su pecho, agitandolo de emoción.
Aquella noche, soñó con una noche entre las sabanas, como solían compartir. Era tan real que sentía cada caricia, cada roce, cada beso estampado en la piel...
Era tan real que, consciente de que era un sueño, una lágrima se dejó caer por su rostro. Mientras, en susurro, pronunciaba su nombre esperando que lo oyera en la distancia...
Pronto, repetia en sueños, pronto juntos, mi amor......
Un escalofrío recorrió su cuerpo cuando volvió a pensar en la conversación de hacia unos minutos. Tenían planes, se dijo, planes que daban esperanza a su corazón, que llevaba un tiempo algo herido, y dejaba vislumbrar un futuro algo más cercano de lo que le había visto hasta ese momento.
Quizá no fuera lo que se hubiera planeado en su día, quizá no fuera como debiera haber sido; la realidad era que estaba pasando y tenia dos opciones: empezar o estancarse.
Empezar siempre da miedo, dicen los mayores, es algo peligroso y poco cierto muchas veces. Pero estancarse es peor, pues te quedarás siempre con la duda de qué hubiera pasado de haber empezado.
Ellos tuvieron que empezar de alguna manera. Fuera la buena o la mala, pero empezaron. Sólo era cuestión de tiempo saber si esa forma de empezar era la correcta, pero si no lo era tampoco importaba porque, tras estar dando tumbos sin dirección fija, iban a empezar a escribir juntos su historia.
Su historia, tenia claro que iba a ser suya y de nadie más. No iba a permitir los errores del pasado y dejar que otros decidieran por ellos. Eso se había acabado, les tocaba a ellos comenzar y no quería ni dejaría que les dijeran lo contrario.
De todos modos, se dijo mientras cerraba el portátil, sabemos que el fuego quema porque alguna vez nos hemos quemado. Si no nos hubieran dejado, el fuego seria un completo desconocido.
Mientras se metía en la cama sonrió feliz y con ganas. Sabia que no iba a ser al día siguiente, que aún había que esperar, pero su comienzo estaba cerca. Esa sensación se metía en su pecho, agitandolo de emoción.
Aquella noche, soñó con una noche entre las sabanas, como solían compartir. Era tan real que sentía cada caricia, cada roce, cada beso estampado en la piel...
Era tan real que, consciente de que era un sueño, una lágrima se dejó caer por su rostro. Mientras, en susurro, pronunciaba su nombre esperando que lo oyera en la distancia...
Pronto, repetia en sueños, pronto juntos, mi amor......
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