Se revolvía entre las sábanas, el fino tacto de la tela fresca, propia del verano, no conseguía calmarle y se sentía peor a medida que iban pasando los minutos.
Minutos que parecían horas, y horas que llenaban los días que, en su conjunto, parecían meses. Le costaba recordar bien su cara, a pesar de las fotos, su aroma se estaba evaporando de su mente y eso no era bueno. No podía ser bueno que ese aroma que le invadía cada vez que se abrazaban estuviera desapareciendo. ¿Y si no podía volver a recordar cómo era en realidad su verdadero yo? ¿Y si se perdía y al reencontrarse eran dos extraños?
Las 2:00, el reloj seguía avanzando pero no al ritmo que le gustaría para poder dar por finalizada otra noche de lenta agonía. Se sentía morir lentamente cada noche, dejándose sin fuerzas para pensar en positivo a lo largo del siguiente día.
Pensaba en todas aquellas parejas que veía en su día a día: reír, charlar, besarse, abrazarse, bromear... Todo eso le estaba vetado en ese momento y no entendía por qué tenía que sufrir una soledad impuesta cuando no había necesidad de que fuera así. Su única escapatoria era evadirse a base de sarcasmos: una coraza de falsa dureza que sin duda no era la faceta a la que tenía acostumbrados a sus amigos o familiares. No sabía por qué se comportaba así ni por qué le afectaba tanto.
¿Quizás la locura se estaba instalando en su vida? Recordaba pasajes leídos de su compatriota Doña Juana y la locura infligida por su marido...¿Una locura inducida por el amor? ¿Sería capaz de comportarse de manera irracional sólo por amor? Se tenía por una persona cabal, centrada y con la "cabeza amueblada", pero había momentos en que toda esa cordura amenzaba con irse por la borda del peligroso barco en el que se convertía su mente.
No quería pensar en eso, ni dejar que esos pensamientos la entorpecieran en los demás ámbitos de su vida. "Nadie se muere por amor", le dijeron un día, y aunque seguramente fuera cierto, también era cierto que el amor dolía a veces como si la Parca desgarrase el alma de uno con su afilada guadaña.
Volvió a moverse en la cama pero el sueño no acudía a su llamada. Saltó del colchón y dirigió los pasos hacia la terraza. La luna llena coronaba la oscuridad de la noche, dotando a su peculiar pueblo de una luz tenue y fantasmagórica, como si de la noche de las ánimas se tratase.
Lentamente, encendió un cigarrillo y lo fumó sin prisa, alargando cada calada; como si eso fuera a detener el tiempo o fuera a hacer aparecer por arte de magia la figura de la causa de sus desvelos.
Lanzando una bocanada de humo a la negra noche giró su torso movido por un zumbido que provenía del interior del piso...
No podia ser, no habia nadie más en la casa y no esperaba visitas a esas horas de la noche. Sintió que había alguién más en la estancia y, de repente, notó un olor que le era vagamente familiar.
Apagó el cigarrillo y recorrió los pasillos a oscuras, esperando que todo fuera producto de su imaginación.
Llegó a la habitación donde en otras ocasiones se había respirado alegría y un frío helador le recorrió el cuerpo. Algo parecido a una nube con forma humana lo miraba desde el otro extremo de la habitación. Aquello era lo que olía de manera tan familiar y le había puesto en alerta.
Vio un cabello largo y oscuro, que una mano gélida retiró de su cara. El rostro que le devolvía la mirada, era el mismo que le había enamorado tantas veces tiempo atrás y que le conseguía quitar el sueño en esos días.
Alargó una mano para poder acariciar su rostro, pero su mano se perdió en el vacío: allí no había nada.. La desesperación de minutos antes volvió a invadirle y se desvaneció en el suelo, mientras caía, vio como la familiar figura se desvanecía no sin antes dedicarle una sonrisa.
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