1. LA INFANTA DE CASTILLA
Despuntaba el alba, el cantar de un gallo despierta a los habitantes De la Villa. En una humilde casa de piedra, la joven Alícia se despereza entre las sábanas.
Maldice a los gallos entre dientes, esa noche tenía un bonito sueño, pero su particular despertador la ha sacado de él. Se veía en la Corte, llevaba un vestido como los de la infanta y se sentaba a su lado. Un mozo la dedicaba una reverencia al tiempo que la llamaba “mi señora”. Alícia sacudió la cabeza para volver a la realidad.
-Necia y tonta, eso eres- se decía a si misma. No había sido más que un sueño, un sueño dulce y amargo al mismo tiempo. No era más que una doncella de la lavandería y el único acceso que tenía a esos lujos era lavar las prendas de su señora, la infanta Isabel de Castilla.
Hacia poco tiempo que se habían mudado a la Corte tanto la infanta como su hermano, el infante Alfonso. Había sido petición de la reina Juana tras saberse su preñez. Muchos decían que era una maniobra de la portuguesa para evitar conjuras en contra de su retoño, aun cuando este no había nacido. No era en vano ese rumor, pues de todos era sabido la inquina que sentía Pacheco por Beltrán de la Cueva al haberle quitado el puesto de favorito del rey y estaba dispuesto a lo que fuera por recuperar su poder en el reino.
-Cuidate de verte enredada en lios palaciegos, pequeña, o saldrás mas trasquilada que las ovejas- esas habían sido las palabras de su padre cuando le conto que iba a servir a la hermana pequeña del rey.
Alícia había sido nombrada doncella de la infanta, así como otras muchachas de la ciudad. Habían sido instruidas para vigilar y dar parte de cualquier noticia o movimiento sobre los infantes. La joven tenía sentimientos encontrados pues, aunque sabía que debía obediencia a su reina, había desarrollado un afecto por aquella joven. La veía como la hermana que no tenía, una hermana pequeña, frágil e inocente.
Tras la llegada de los hermanos del rey, el trabajo para ella se había convertido en un reto diario. Noche tras noche, antes de regresar a casa, eran interrogados sobre los movimientos de los infantes: conversaciones, visitas, gestos... Todo parecía de vital importancia para la reina consorte, pues se esmeraba mas en estos menesteres que en cuidar de su abultado vientre y de su salud.
Dias antes de la llegada de los infantes, las ordenes habían sido detalladas ante el servicio directamente por Juana de Avis,.
-Dareis parte de todo lo relacionado con los infantes ante mi, cada noche, sin excepciones.- la reina paseaba de un lado a otro gritando las ordenes a los sirvientes, quienes la miraban con temor.
-Quiero que nunca esten solos. Serán los hermanos de mi marido, pero tambien son sucesores a la corona. Cualquier maniobra puede poner en peligro al verdadero heredero- mientras hablaba acariciaba su vientre con presion. Alicia se preguntaba si eso eran palabras de una madre preocupada o de una ambición insana.
Ella no entendia de intrigas palaciegas por entonces y no comprendia el porqué de tanta vigilancia a dos muchachos, por mucha sangre real que tuvieran. Pensó en los infantes como en dos pajarillos exoticos, que había que vigilar por si escapaban y otros usaban en su beneficio.
Todas las damas fueron presentadas a Isabel a su llegada y ésta se fijo enseguida en Alicia, pues era la unica que no la miraba con miedo. Siempre era buena con ella y en poco tiempo se habían convertido en compañeras de juegos, sin olvidar quien era la señora y quien la criada. Así mismo, su hermano Alfonso tenía un doncel a su cargo, el joven Gonzalo de Cordoba. Alícia no podía evitar ruborizarse al verle pasar. Se sentía atraída por él aunque se sintiera culpable de aquellos sentimientos.
No olvidaba la joven doncella el día que aquel doncel apareció en la vida de sus señores. Isabel, recta y firme como siempre, habia prohibido al muchacho acercarse a ella o a su hermano. La infanta sospechaba que fuera un ardiz de su cuñada y reina Juana para tenerles aun mas controlados. Gonzalo se reía del comportamiento de su señora como se reiria un padre de una travesura de su hijo, cosa que no hacia si no enfurecer mas a la joven Isabel.
Incapaz de contener sus sentimientos, Alicia hacía por ganar el favor de su señora para el de Cordoba, aunque con poco éxito. Iban caminando por un sendero cerca de palacio, Isabel gustaba de dar paseos para aclarar su mente. Sendos guardias las escoltaban en todo momento, por lo que las conversaciones solian ser escuetas y en voz baja.
-Dadle una oportunidad, mi señora.- murmuraba Alicia mientras fingía ofrecer una fruta de su cesta a Isabel para poder acercarse a ella.
-No está en mi animo tal cosa, Alicia, bien sabeis que es un espia de mi hermano o de la reina. Quieren cercarnos como animales en una cacería pero ya llegara el dia de hacer pagar a los que tantas piedras nos estan poniendo a mi hermano y a mi- Isabel no daba su brazo a torcer, sacaba pecho cuando de defender su orgullo se trataba y nunca iba a dejar que la vieran flaquear.
-De seguro teneis razon, siempre la teneis, señora- Alicia bajo la cabeza: había perdido la batalla, pero de seguro volvería a intentarlo. Su corazon daba un brinco cuando se pronunciaba el nombre de Gonzalo o su rostro se cruzaba con el suyo por palacio.
Poco tardaron los guardias en anunciar el fin de aquella excursion. Debían volver a lo que la infanta llamaba “su prision de cristal” pues, aun siendo el palacio real, no había peor sitio para ella. Arrancada de los brazos de su madre sin razon aparente, Isabel trataba de todas las maneras de volver a Arévalo. Cuán errados iban a ser sus intentos de volver a su tranquila vida en la villa abulense, pronto vería que su única salida era madurar antes de tiempo para enfrentarse a lo que la vida le tuviera deparado.
[...]
-Diez, once, doce...- Isabel contaba las veces que su doncella deslizaba el cepillo por su larga cabellera rubia. Alicia sentia una envidia secreta por aquella melena rubia que tenía el privilegio de peinar cada noche. Ella estaba olbigada a llevar el pelo recogido en un moño bajo, a razon de su uniforme de palacio, aunque nunca podría comparar sus cabellos morenos con aquella cascada dorada que recorria la espalda de la infanta.
-Recordadme una vez mas, mi señora, el porque de este ritual, si no es molestia-
-¿Acaso os aburro, Alicia?-
-Para nada, alteza, es simple curiosidad, ya que mis cabellos rara vez se sueltan del moño.-
Isabel rio para si antes de contestar.
-En alguien de mi sangre y mi categoría la imagen lo es todo: no puedo presentarme ante la corte con desaliño alguno. A ti puedo hablarte con franqueza, Alicia: si dejo que mi aspecto decaiga lo mas minimo, estaré dejando ver a todos cuan dolida esta mi alma. Eso no puedo permitirmelo.
Alicia posó una mano en el hombro de su señora en señal de afecto, había comprendido que la infanta la necesitaba como un sediento necesita el agua. Se prometio a si misma ser fiel a Isabel, aunque significase ser contraria a la que antes consideraba su señora: la reina.
-Dentro de poco tendremos cambios, Alicia, estoy segura.-
No hizo falta mucho tiempo para que las sospechas de la infanta se cumplieran. Una noche, el silencio de palacio se rompio de repente: la reina estaba de parto.
2. ES UNA NIÑA
La infanta estaba radiante ese día pues, según prometió el rey, después de nacer su heredero podrían volver a Arévalo con su madre. El palacio era una revuelta con tal acontecimiento. El rey estaba nervioso, Alícia pudo mirarle durante un momento sin parecer descarada y vio en su rostro ansiedad por el momento. Isabel la llevó a sus aposentos y la pidió rezar junto a ella para que todo fuera bien durante el parto.
-Recemos, Alicia, recemos para que mi futuro sobrino nazca sano y recemos por mi regreso a Arevalo.- Isabel se arrodillo en su capilla particular, un regalo de la reina, para sorpresa de la infanta.
Mientras Alicia tomaba asiento en un cojin al lado de la infanta, pensaba en la reina. Sabía que no sentía afecto alguno por lo hermanos de su marido, pero Isabel tenía un corazón más grande que el de ella y sabía que la criatura que estaba a punto de nacer nada tenía que ver con las maldades de su madre. Se arrodillo imitando la postura de su señora y comenzo a murmurar una letanía que para ella carecía de sentido, pues nunca había aprendido latín. Rezaba por imitacion, porque sabía que ese era el idioma en el que había que rezar a Dios.
Pasaron las horas y una dama de la reina llego a la alcoba a dar la nueva: la reina había tenido una niña. Alicia se percató de que la cara de su querida infanta se había quedado gélida, inerte, sin gesto alguno. Aquella noticia había sido un mazazo emocional para Isabel y ella sabía por que era: el rey había prometido que volvería con su madre cuando su hijo naciera, pero habia nacido una hija.
-Mi señora, vayamos a felicitar a vuestro hermano.- Alicia tuvo que ayudar a levantarse a Isabel del reclinatorio, pues parecía que sus piernas que habían quedado petrificadas, igual que su rostro.
En un silencio sepulcral, ambas se encaminaron a la alcoba real donde estaba Enrique con gesto tambien sombrío: un heredero era motivo de alegría, una princesa no. De camino se unió a la comitiva el infante Alfonso, quien iba mas perdido aun que su hermana.
-Quería daros la enhorabuena, hermano, mi señor.- dijo Isabel mientras hacía una reverencia e instaba a su hermano a que la imitase con una mirada seria.
-Si...claro, gracias, si, está bien, podeís retiraros- contesto el rey, dando unas palmaditas a su hermano en la coronilla. Enrique, de normal nervioso y con gesto asustadizo, se encontraba en un estado de desorientacion total. Era como si en ese lugar no estuviera el rey y en su puesto hubieran puesto a un impostor que temía ser descubierto.
Volviendo a los aposentos de Isabel, por los corredores de palacio iban y venian doncellas, prelados, nobles, todo un catalogo de cortesanos; muchos de los cuales eran desconocidos para las dos muchachas que caminaban cabizbajas.
En ese momento aparecío Pacheco flanqueado por su hermano Giron y el obispo Carrillo. Alicia se puso tensa, igual que su señora: sabían que la presencia de todos ellos nada bueno iba a traer.
-Niña eh, habrá que ver si en verdad se parece a su padre la pequeña Beltraneja.- Pacheco se reía de su propia broma mientras sus acompañantes le seguian la chanza.
-Alteza, ¿como os encontrais?- Carrillo se dirigió educado y calculador como siempre a la infanta.
-Oh, hola. Eminencia- una reverencia siguió al saludo- No podría estar mejor, acabo de ser tía de una hermosa niña. Mi corazon esta lleno de gozo.-
Alfonso quiso hablar pero otra mirada de su hermana lo hizo callar. El muchacho sentía un gran respeto por su hermana mayor, a la que obedecía como si fuera su madre.
-Os dejamos continuar con vuestro paseo, altezas- un ademan de cabeza de Carrillo a modo de despedida terminó la conversacion y los tres se dirigieron a la sala donde el rey iba a dar parte de la noticia.
-¿Como puedes decir eso, hermana? No estamos bien, estamos encerrados, vigilados. ¡Día y noche! Para esto mejor no ser hijo de reyes, mejor ser un campesino-
Un doncel que pasaba en ese momento giro la cabeza para fingir que no estaba oyendo pero Isabel se percato de que habían sido escuchados. Aun en presencia de su doncella, Isabel se planto delante de su hermano y le propino un sonoro botefon en la cara.
-Isabel...¿qué haces?- Alfonso se agarraba con ambas manos la cara, que se iba tornando rosa por momentos.
-Nunca, escuchame bien, nunca reniegues de quien y que eres. Somos hijos de reyes. Tenemos una dignidad superior a muchos, no pueden vernos flaquear ni pueden ver nuestra debilidades. ¿Has entendido?- Habia aparecido una vena en el cuello de Isabel que latía con fuerza mientras hablaba.
Alfonso asintio con la cabeza y se dirigio a sus aposentos en silencio.
“Suerte que no estaba Gonzalo en este momento”, penso Alicia. Nunca había visto asi a su señora. Si antes sentía afecto por ella, lo que ahora sentía era respeto y admiracion por tener un caracter tan recto a tan temprana edad.
-Vamos Alicia, vamos a prepararnos para recibir a mi sobrina Juana-.
[...]
Le pusieron el mismo nombre que a su madre. El ambiente de alegria se desvaneció en cuanto se supo el sexo del bebé. Todos esperaban que el tan esperado heredero naciera varón, pero el Señor quiso que fuera niña. El rey se sentía devastado. Alícia no entendía el porqué de ese cambio de humor en los presentes. Sabía que siempre era mejor un niño que una niña al menos en asuntos de la realeza. A pesar de todo, Juana fue presentada como herdera a la corona. Nobles, clerigos e incluso los infantes fueron requeridos a prestar juramento de fidelidad a la pequeña, la cual reia tranquila en la cuna ajena a todo lo que su nacimiento estaba generando.
Carrillo fue el encargado de darle el sacramento del bautismo a la herdera, la ceremonia no carecio de la correspondiente pompa que estos eventos requerian. De todos los rincones de Castilla llegaron señores y nobles invitados por el rey para presenciar el acontecimiento. Aunque las malas lenguas decían que su unica intencion era dar voz a su verdad: que él era el padre de su hija.
Isabel fue la madrina de la pequeña, obsequio concedido por su hermano, quien, no sin nerviosismo, insto a callar a su hermana cuando ésta le refierio por su vuelta a Arevalo.
Después del bautizo, la infanta conversaba sobre las dudas que asaltaban la cabeza de su doncella.
-Alícia, querida mia. Poco o nada sabéis de estos asuntos. Él hecho de que haya sido una niña pone en jaque al rey. Los nobles no permitirán que un rey extranjero lleve estas tierras y tampoco estarán conformes con que sea la pequeña Juana la que lleve La Corona de su padre. La única verdad que tenemos ahora mismo es que ni yo ni mi hermano volveremos a Arévalo.- las palabras de Isabel sonaban tristes pero se la veía consciente de su realidad.
Como era de esperar, Pacheco no tardo en difundir el rumor de que la pequeña era hija de la reina pero no del rey. Otorgando la paternidad de la pequeña a Beltrán de la Cueva, por lo que era llamada “la Beltraneja”.
-Ahora entiendo las risas por la Beltraneja el día del nacimiento de la princesa- comentaba Alicia mientras servia la comida a Isabel.
-Cuanta maldad hay en este mundo, sea como fuere, la pequeña no tiene la culpa.- Isabel aun tenia esperanzas de que todo lo que se estaba gestando a sus espaldas no fuera mas que una pataleta de Pacheco. No conocía bien la ambicion de aquel hombre.
[...]
Poco tardo en producirse una revuelta en la que se produjeron dos bandos. En uno de ellos el infante Alfonso fue acogido por Pacheco y su liga nobiliaria. En el otro quedó Isabel, junto a Enrique y Juana como moneda de cambio.
-Casarás con un noble que convenga en nuestros intereses Isabel, tal es mi deseo y tu obligacion como infanta- Enrique conversaba con su hermana con fingida amabilidad. Faisan y vino eran servidos en la mesa mientras los dos Trastámara eran examinados con la mirada por los miembros del servicio.
-Majestad, casaré con quien a mi plazca, no es mi deseo servir de moneda para pagar favores.- Isabel era firme y tajante en ese tema.
-Ay Isabel, dejaremos que sueñes, ahora que aun puedes hacerlo- el rey siguio devorando su faisan con avidez mientras con una mano pedia mas vino.
Isabel busco con la mirada a su doncella, quien interpreto a la perfeccion la señal de socorro: se avecibana tormenta, por lo que debían estar preparadas.
3. MONEDA DE CAMBIO
El paisaje de Castilla cambiaba, con la llegada de las estaciones el campo tornaba de verde a oro en un bucle. Alicia disfrutaba de contemplar ese espectaculo en la llanura proxima al castillo, la misma en la que antes veía entrenar a Gonzalo. Llevaba meses sin verle, pues se había tenido que ir con el infante Alfonso. Su corazon se sentia perdido sin ver la sonrisa de su amor secreto. Daba gracias de tener a la infanta con ella para ocupar sus dias, pues cada vez Isabel la requería mas en sus aposentos.
-Isabel, querida, hoy te vestiremos con las mejores galas, tenemos un invitado de honor- Juana de Avis lucía radiante, segura de si misma. No solo no consentia que Isabel se acercase a su sobrina si no que había empezado a vestir a la infanta como si quisiera ofrecerla en una feria como premio.
Alicia sabía que algo habia detras de todo aquello, estaban tratando a su señora sin respeto ni pudor, pues se permitian el lujo de vestirla doncellas de la reina que la dejaban a la vista partes que Isabel nunca dejaba ver a nadie: escotes pronunciados, joyas ostentosas...
Aquello parecía divertir bastante a la portuguesa. Ese día el vestido elegido era uno con un escote bastante mas exagerado que los anteriores. Isabel se sentía escandalizada, violentada, pero no podía negarse, pues era una orden directa del rey que su esposa vistiera a su hermana.
El porqué de tanta parafernalia no era otro que ofrecer a la infanta en matrimonio con el hermano de la reina: Alfonso de Portugal. Las tensiones entre el bando de Pacheco y el bando del rey eran cada vez mayores y la ultima negociacion no habia llegado a buen puerto. El rey no quiso desheredar a su hija y esa era la piedra angular de todo el acuerdo.
Enrique necesitaba aliados y tropas, Juana sabía que su hermano podía oferecer todo eso y mas, pero necesitaba algo para pagar todo aquello: Isabel.
Ante toda la corte vestida con sus mejores galas, Isabel fue presentada como un objeto de colección. Alicia llevaba la cola del pesado vestido que había de llevar su señora. “Sobra tela en la cola que falta en el escote”, pensaba ella. Sentía rabia por como habían tratado a la infanta y como la habían echado de las estancias de Isabel para poder convertirla en aquella farsa.
-Isabel, os presento a mi hermano, el rey de Portugal, vuestro futuro marido- Juana recitaba cada palabra como si se hubiera aprendido el texto y no quisiera fallar.
Isabel miro con los ojos muy abiertos al portugues mientras hacia una reverencia.
-Siento tanto viaje en vano, majestad. No me casare con vos ni con nadie que no elija.-dicho esto se dio media vuelta para salir de la sala del trono ante la estupefacion de los presentes.
La reina corrio tras ella hecha una furia. Aparto de un empujon a Alicia, que acabo contra las piedras del suelo, para poder alcanzar a su cuñada.
-¿Quien os creeis que sois? Niñata malcriada, sois infanta de Castilla, sabeis cuales son vuestros deberes- Juana clavaba las uñas en el brazo a Isabel con cada palabra.
-Dignidad de una infanta y una hija de reyes, eso se espera de mi. Dignidad que vos rara vez habeis demostrado- ¡Zas! El mismo bofeton que habia recibido su hermano Alfonso recibió ella por parte de la reina.
-Loca, estais loca como vuestra madre, os encerrare para que acabeis como ella.-
Alicia sujeto a Isabel para evitar que fuera a replicar a la reina mientras esta se marchaba por el pasillo. La llevo a su alcoba y la curo el bofeton que la había dejado varias heridas por los anillos que llevaba Juana.
-Alicia, van a pagar todo esto. Algun dia pagaran todos.- juraba Isabel mientras las lagrimas surcaban su dolorido rostro. Alicia olvido el protocolo y las formas y abrazo a su señora como si de su hermana se tratase. La infanta le devolvio el abrazo asiendola con mas fuerza. Ambas lloraron durante largo rato en silencio, abrazadas.
4. UNA CASA Y OTRO PRETENDIENTE
-Un regalo de Arevalo, mi señora- Alicia anuncio a la Bobadilla como parte de la sorpresa para Isabel.
-¿Regalos? Si son de mi hermano, no quiero nada, nada bueno puede venir de el- inquirio la infanta desde su sillon.
-No desprecies el regalo sin quitarle el envoltorio, mi señora- la voz de la Bobadilla entro en la alcoba como un soplo de aire fresco para la infanta.
-¡Beatriz!- Isabel se levanto de un salto y corrio a abrazar a su amiga.
Alicia se sintio algo desplazada en ese momento, aunque enseguida recordo que ella era una criada y Beatriz era hija de un noble.
-Sentaos y contadme cómo habeis venido aqui. Estoy tan contenta de veros.- las palabras de la infanta se atropellaban unas a otras pero la felicidad invadia el rostro de ambas.
-No debería deciros nada, pero vengo acompañada y como parte de un regalo de vuestro hermano,- Isabel fruncio el ceño- aunque penseis que es algo malo.-
-La infanta sabe que no debe fiarse de los corderos, pues pueden esconder un lobo entre sus pieles- Chacon aparecio en los aposentos con porte regio, su condicion de “segundo padre” de Isabel le permitia ese comportamiento con ella.
Isabel estaba que no cabía de gozo, las dos personas que mas queria de Arevalo, a aparte de su madre, estaban alli cuando mas ayuda necesitaba.
-Vais a tener casa propia Isabel, Beatriz ira con vos como compañia y tambien podeis llevaros a vuestra doncella- dijo señalando a Alicia- para que os sirva en vuestra nueva morada.-
-¿No haceis burla? ¿Es en serio?-
-Tan cierto como que podeis trasladaros ahora mismo, si gustais- Chacon sonreia viendo la felicidad de su protegida. Habia conseguido ese favor del rey, para bien de la infanta, a cambio de no tomar partido en las tensiones con Pacheco.
La casa era hermosa, sencilla pero adecuada para una infanta. Alicia se encargo de abrir todas las ventanas para que entrase el aire fresco.
-Veras que felices somos aqui, Alicia, lejos de mi cuñada y de todas las intrigas de la corte.-
-Isabel, recordad que seguis siendo infanta y sereis requerida en la corte a menudo.-
-Lo se Chacon, pero estaremos lejos la mayor parte del tiempo.-
Beatriz aparecio con un caballero conocido para Isabel: Cardenas, el tesorero del rey y simpatizante de la infanta. Beatriz habia sido propuesta como esposa para el, y quiso la casualidad que se encontrasen mientras ella habia ido a por viandas para celebrar la nueva casa de la infanta.
-Curioso presente nos traes Beatriz, ¿a que se debe el honor, Cardenas?-
-Alteza, quería presentaros mis respetos y daros la enhorabuena por vuestra nueva casa. A parte que ver a nuestra querida Beatriz siempre alegra mi dia.- los carrillos de Beatriz se volvieron rojos como el carmin y Alicia se tapo la cara para que no la vieran reirse.
-Ciertamente, Cardenas, vuestra lengua es mas atrevida de la cuenta.- Chacon regaño cariñosamente al tesorero mientras las mujeres seguian riendose recatadamente.
-Mis disculpas, señoras. Debo regresar a mis tareas. Beatriz, Chacon, alteza.- hizo una reverencia y salio de la sala.
-Me temo que yo tambien debo dejaros solas, me requieren asuntos en la corte. No os preocupeis Isabel, nada que ver con vos o vuestros matrominios.-
Chacon abandono tambien la sala dejando a las tres mujeres solas.
Isabel abordo a su amiga tomandola de los brazos.
-¡Hablad! Cardenas es buen partido, ¿os gusta?-
Beatriz miro de reojo a Alicia que hizo amago de salir tambien, pero Isabel la retuvo.
-Podeis hablar sin miedo, ella ha sido mi sosten todo este tiempo. Estamos entre amigas.-
Alicia se unio como una mas, por un momento se olvido de los roles sociales, por un momento eran tres amigas hablando de un caballero que pretendia a una de ellas. Por un momento reyes, nobles y guerras estaban lejos de sus cabezas.
5. GIRON DEBE MORIR
-¡Nunca! Ese hombre nos trato como basura. Me niego y me niego.- Isabel se retorcia en la silla mientras le daban la noticia.
-Isabel, los nobles estan de acuerdo, nuestro hermano firmo su consentimiento, ese matrimonio se va a celebrar.- Enrique estaba decidido a hacer ceder a su hermana
[...]
Su señora lloraba desconsolada en su alcoba, Alícia deseaba entrar y abrazarla pero sabía que eso solo enojaría más a Isabel, pues no se permitía el lujo de que nadie viera sus sentimientos. El infante Alfonso había fallecido. Después de ser protagonista incierto en la Farsa de Ávila y servir de combustible para el fuego que estaba alimentando Pacheco, el destino quiso llevárselo sin haber tenido oportunidad si quiera de ostentar La Corona que otros tanto le prometían.
Isabel estaba en el punto de mira, ahora era la siguiente heredera ya que, por el momento, la hija de Enrique seguía desheredada. No tardo mucho el rey en querer ver a su hermana y firmar con ella un pacto. Guisando fue testigo del buen actor que era Enrique, prometiendo La Corona a su hermana y desheredando públicamente a su hija. Isabel partió feliz de aquel reencuentro aunque sabía, al igual que sus consejeros, que Enrique era voluble y lo que afirmaba por la mañana lo desmentía al atardecer.
Alícia había sido testigo de todo este huracán de acontecimientos. Siempre al lado de su señora, sin olvidar su deber. Asistía a todo callada y escuchaba y veía. Solo conseguía sacarla de su empecinado deber aquel joven que comenzó siendo el doncel del infante Alfonso y ahora había pasado a ser guardia personal de la recién estrenada princesa de Asturias.
Gonzalo parecía tener sólo ojos para su señora. Y verdad que así era. El joven estaba enamorado de ella, de su personalidad, de su carácter. Pero eran vidas y destinos muy distantes para estar unidos. Gonzalo sabía del interés de la doncella de la princesa por él, y aunque de buena gana la hubiera correspondido, sabía que su corazón seguía perteneciendo a su princesa. Pasaban unos días en Arévalo, para llevar la mala nueva a la reina viuda. Mientras Isabel descansaba con su madre, Alícia pasaba un rato agradable con Clara, dama de la reina, bordando unos pañuelos para su señora.
-Alícia, moza casadera eres. ¿No hay acaso ningún joven el que estes prendada?- La dama personal de Isabel de Portugal era una mujer muy dulce, la Segunda madre de Isabel. Sabía lo que pensaban los jóvenes corazones con solo mirar a los ojos. Y el corazón de Alícia no era ninguna excepción para ella.
Mi señora, nada me quita el sueño más que el bienestar de mi princesa. Si hubiera o hubiese mozo alguno, lo apartaría de mi mente sin dudarlo.- mentir no estaba entre las virtudes de Alícia.
En ese momento Gonzalo cruzó la estancia saludando con una inclinación de cabeza a las dos mujeres. Alícia no pudo por menos que ruborizarse mientras el sexto sentido de Clara se volvía más agudo y la miraba con cariño.
-Mi pequeña, tus palabras no pueden esconder lo que tú corazón siente. Y me temo que tu rostro es el culpable de desvelar tu secreto.-
-Clara, se lo ruego, no me descubra con la princesa. No soportaría decepcionarla.-
-No tendría porque ser así, pero si es tu deseo, guardare tu secreto.-
[...]
Fernando de Aragón fue el elegido para ser el esposo de la princesa. Alícia no pudo evitar elogiar, aunque mentalmente, la belleza y el porte del aragones cuando acudió con su señora a la recepción donde ambos novios se conocieron.
Isabel se tornó callada, retraída, incluso acobardada. Alícia sabía que era lo que la hacía parecer así, noches antes la princesa había tenido a bien abrir su corazón a su única compañera ahora que Beatriz de Bobadilla estaba casada y vivía con su marido en la corte de Enrique. Temía el matrimonio, no por compartir su vida con un desconocido si no por la consumación del mismo. Pensar en el acto sexual le aterraba y ver a Fernando avivó el fuego de esos temores.
Alícia tomó valor y apremió a sus señora a acercarse al joven príncipe. Isabel respondió a su ademán con una inusual obediencia en ella, síntoma de que, aun en secreto, ella también deseaba conocer a aquel muchacho.
Los principies abandonaron la estancia para conversar a solas unos momentos. La sala se convirtió en un continuo murmullo vaticinando que estarían hablando los principes.
Gonzalo se acercó a Alícia, al ver que se mostraba asustada por su señora e intentó tranquilizarla.
-No temas por tu señora, ¿acaso piensas que un príncipe se haría un viaje como el que Fernando ha hecho para arruinarlo todo en el primer encuentro? Habrá boda, eso seguro. Conozco bien a Isabel y su cara era un libro abierto, se ha enamorado de él nada más verlo. Me atrevería a decir que el enamoramiento ha sido mutuo. Pero solo soy un soldado, ni entiendo ni está bien que yo hable de estas cosas.-
-Gonzalo, no temo por Isabel. Temo porque su boca no obedezca a su cabeza por vez primera y él Aragones se lleve una impresión equivocada de ella. Pues nunca ha tenido Castilla princesa más digna ni más merecedora de su título que ella.-
En ese momento Gonzalo tomó a Alícia por la mejilla con una expresión entre fraternal y romántica.- Gran suerte tiene nuestra princesa contando contigo. No la falles nunca.- depositó un fugaz beso en su mejilla y se alejó de la estancia.
Si en ese momento alguien hubiera hendido su espada en Alícia, ni una gota de sangre hubiera vertido. Tal fue el impacto que causó ese gesto en la doncella. No se percató siquiera de la reaparición de su señora en la sala, hasta que la misma se acercó a ella para decirla que era hora de retirarse a sus aposentos.
Alícia pensó en Clara, tenía que haber sido ella la que había hablado a Gonzalo de sus sentimientos o incluso que le hubiera dicho algo a la princesa y que hubiera sido la propia Isabel quien hablase con el soldado de su doncella.
Una mañana, mientras tendía unas ropas de su señora. El príncipe Aragones se acercó a ella. Se puso nerviosa ante esa emboscada, pues verla hablar con el príncipe a solas en esos sitios daria que hablar y podría llegar a oídos de su señora.
-Tranquila Alícia, mis intenciones no son malas para contigo.- el Aragones parecía divertido con la cara de pánico que tenía la doncella.- Vengó a hablarte de Gonzalo. He estado haciendo mis averiguaciones y se que el joven soldado siente algo por mi prometida. No es algo que me inquiete puesto que mañana a estas horas seré su marido pero, se ve que lo que siente es sincero, y no quisiera ser desconsiderado con el. Clara, la dama de mi futura suegra me contó que había hablado con él y no hace mucho había tenido un acercamiento hacia ti. Se que lo que te voy a pedir puede sonar descortés por mi parte, pero, me gustaría que mañana, fueras tú la que tomase la iniciativa con Gonzalo. Que pasase una noche....agradable.-
-Mi señor me está pidiendo que me entregue como una ramera a Gonzalo, o eso he creído entender. No está en mi animo romper mi honra de esa manera mi señor. Siento decepcionaros pero mi respuesta es no.-Alícia estaba escandalizada, cómo se atrevía el príncipe a proponerla como si fuera una cualquiera, no daba crédito a lo que estaba oyendo.
Ha sonado así. Es cierto. Pero si supieras que las intenciones de tu señora son las de ofrecerte el casarte con el joven quizás cambiases de opinión. Realmente, la noticia quiere dártela después del banquete de nuestra boda, así que no sería un pecado adelantar lo que va a acontecer de todos modos.
El rostro de Alicia se volvió del asco a la alegría. Empezó a sonrojarse y solo acertó a asentir con la cabeza al Aragones aceptando lo que la pedía.
[...]
Isabel se llama la pequeña recién nacida, era igual de hermosa que su madre. Fernando no cabía en si de gozo por el nacimiento de la infanta, aunque en la corte se respiraba un ambiente de decepción por no haber sido varón el alumbrado por su esposa.
Alícia adoro a la pequeña desde el momento en que la vio, se convirtió en su principal custodia amén de compartir a la pequeña con su madre y sus hayas. Gonzalo disfrutaba viendo a su nuevo amor con esa pequeña, fantaseando con el día que en sus brazos tuviera a su propio hijo.
La petición de Fernando no se había cumplido, pues Gonzalo aunque se sentía atraído por Alícia no deseaba atacar así a su virtud sin estar antes bendecidos por la Iglesia.
La princesa Isabel había dispuesto todo para el enlace de ambos jóvenes, pero primero debían subsanar el problema que se les presentaba con la amenaza del rey Enrique de no obedecer los pactos acordados en Guisando al desheredar de nuevo a Isabel en favor de su hija Juana.
Cartas, mensajes, letras y peticiones cruzaban el campo de Castilla. Isabel pedía a su hermano que estuviera de su lado, pero solo obtenía silencio como respuesta.
Las cosas se complicaron algo más, pues Fernando tuvo que partir hacia Aragon y eso despertó los celos de Isabel. Alícia no sabía que hacer para tener tranquila a su señora.
-Calmaos mi señora, os lo ruego. Nada debéis temer de un hombre que os ama tanto como Fernando a vos. Sabemos de sus desmanes del pasado, pero eso mismo es: pasado. Ahora vos sois su futuro y la única mujer en su vida.- Alícia quería creerse que era cierto lo que decía, aunque conocía las historias que desde tierras aragoneses venían de sus señor y no eran nada alentadoras.
Fernando partió hacia Aragorn. Isabel por su parte decidió tomar las riendas del asunto que les ocupaba. Así mismo ordenó que todas sus doncellas, Alícia incluida, durmieran con ella en ausencia de su esposo para que nadie pudiera dudar de la virtud de su señora.
[...]
Con Fernando guerreando en tierras aragonesas llegó al palacio castellano la noticia: el rey Enrique había muerto. No había testigos de que hubiera dejado nombrado heredero ni de ninguna de sus voluntades. Había que actuar. Alícia veía desde su posición de observadora la partida de ajedrez. El rey había caído del tablero y había que colocar otro en su lugar.
Estaba sola, estaba decidida. Isabel se coronó reina en Segovia. Sin esperar a su esposo o la decisión de las cortes. Ella era la reina de Castilla y el tablero tenía nuevo rey para seguir la partida. Alícia recordaba ese día con orgullo y una pizca de temor. El semblante de sus señora portando La Corona la daban un aire casi divino. Alícia estaba segura de que ese día Castilla estaba coronando a su mejor reina.
Raudo volvió el ahora rey consorte a Castilla. Se sentía enojado, violentado y burlado. Alícia temía que ese enfrentamiento pusiera en jaque la alianza que habían consolidado sus señores para unir ambos reinos. En un arrebato de osadía. Alícia abordó a su señor para intentar calmar las aguas. Tuvo que escabullirse a escondidas, pues Isabel había dispuesto que Fernando y sus hombres pasaran la noche al raso para preparar la cuidad para su señor.
Carrillo no quiso dejar pasar a la doncella a la tienda de Fernando. Pues él tenía sus propios planes con el desacuerdo de los reyes. Su mente planeaba hacer lo que ya otrora hizo su hermano Pacheco con Enrique: La Corona la llevaría Isabel pero quien mandaría en Castilla sería el. Se sentía con derecho a ello tras haber ayudado a la reina a alcanzar su ansiada corona. Cuan errado estaba el arzobispo.
Fernando oyó a Alícia pedir a Carrillo una audiencia con el rey. Salió de su tienda echando al clérigo con suaves palabras e hizo pasar a la doncella.
-Grande ha de ser el asunto cuando cruzáis la ciudad en mitad de la noche, mas con el frió que arrecia en esta noche segoviana. Hablad Alícia, se que sois, junto a la Bobadilla, la mejor compañera de mi esposa.-
-Señor...alteza, eh....no se como he de dirigirme a vos si soy sincera...- Alícia enrojecía por momentos y la empezó a temblar el labio. Fernando se divertía con la escena, imaginaba el porqué de esa inesperada reunión pero quería oír de boca de Alícia que era aquello de lo que quería advertirle.
-Alícia, hablad. Nada ha de pasaros y lo que traéis son consejos o palabras de vuestra señora.
La doncella tomó aire y siguió hablando.
No toméis represalia contra la reina os lo suplico. No entiendo de estos asuntos ni tengo porque entender pero por lo que una oye en la Corte se dice que vos estáis malhumorado con ella por haberse proclamado en vuestra ausencia. También se que por la ley de Castilla una mujer puede reinar y no necesita de vuestro consentimiento para ello. Pero os conozco desde vuestros primeros días de noviazgo y se que ambos tienen carácter y grandeza. Me atrevo a venir hasta aquí porque por lo poco que como doncella puedo saber veo peligrar lo que decidisteis unir con vuestro enlace.- Alícia temblaba como una hoja, sabía que había ido demasiado lejos, que hablaba con el rey y no con un mozo de cuadras. Agacho la cabeza esperando la orden de detención o algo peor por parte de Fernando.
Este se limitó a mirar a la doncella, valoraba su osadía aunque en cierto modo le incomodaba que alguien d su rango se viera aleccionado por una simple doncella. Sabía que sus palabras eran sinceras, de modo que las tomó como veraces. No sin antes advertir a Alícia de que atrevimientos como ese no debían repetirse, pues ponían en entre dicho la capacidad de decisión y gobierno de sus señores y eso era algo que no se podía permitir.
Dando las gracias y aliviada por el buen desarrollo de los acontecimientos Alícia se cubrió de nuevo con la capa y se internó en la noche segoviana de vuelta al palacio.
Gonzalo estaba haciendo La Ronda cuando de repente vio una figura encapuchada que le puso en alerta. Sin pensarlo echo la mano a la empuñadura de su espada, temeroso de que fueran partidarios de la Beltraneja que quisieran aprovechar la noche para atacar a su señora.
Acercándose por detrás a la figura, consiguió reducirla fácilmente. Un niño o un anciano han debido de mandar pensó el.
Un quejido se escapó de la capucha y Gonzalo reconoció el tono de la voz que de la oscuridad salía.
-Santo cielo, Alícia...¿que haces aquí a estas horas y así cubierta? -
Alícia dio gracias a los cielos de que se tratase de su amado y no de uno de los guardias del palacio.- Gonzalo, no sabes lo aliviada que me siento de saber que eres tú.-
-No deberías estar aquí, hay mucha tensión en estos momentos en palacio y que vayas escondida entre las sombras no ayuda a que las cosas se calmen.-
-Debía hacerlo, tenía que advertir a nuestro señor de las intenciones de la reina para con el.- Temia que un enfrentamiento entre ambos diera lugar a una quiebra en ellos y todo lo que está en juego de un plumazo se perdiera.
-Hablas más como un político que como una doncella Alícia, miedo me dan tus palabras si son ciertas. Aunque imagino que a nuestro rey no ha de agradarle que la reina haya decidido coronarse en su ausencia.-
-Entiendes ahora mi osadía de salir de noche cubierta como si de un vulgar ratero se tratara. Tenía que hablar con Fernando, advertirle de que no de dejase llevar por la emoción del momento y decir o hacer cosas que a posteriori nos afectarían negativamente a todos los castellanos.-
-Alícia, mi amor, vamos, es hora de descansar y estas tribulaciones no han hecho más que enmudecerme el alma. Has corrido mucho peligro al ir tú sola. Para otras empresas de esta índole, te ruego cuentes conmigo.-
Alícia asintió sonrojada, complacida por la muestra de afecto que acababa de tener Gonzalo hacia ella.
[...]
Había pasado tiempo desde que la reina recibiese con altos honores a su esposo en la fría Segovia. Las hostilidades contra los partidarios de Juana seguían su curso. En esta ocasión, Fernando había asentado el campamento cerca de Toro, para defenderla del invasor portugués, pues el rey de Portugal se había desposado con la Beltraneja para poder así reclamar de manera legítima los reinos de Castilla.
Las cosas en palacio no estaban mucho mejor, pues se había tenido noticia de que Burgos estaba cayendo en manos del enemigo. La reina, encinta, no iba a permitir que estando su marido en otra empresa les arrebatasen una ciudad tan importante como aquella.
-Majestad, el físico os ha advertido, no podéis cabalgar en vuestro estado y menos un viaje hasta Burgos. Os pondríais en peligro tanto vos como la criatura que lleváis dentro, que quiera Dios que sea varón.-tanto Alícia como Beatriz intentaban persuadir a la reina pero todos sabían que era inútil.
No tardo Isabel es saber de la minoría en batalla de rey y de que solo us presencia en Burgos haría caer la ciudad hacia el bando isabelino.
Así se hizo, la noticia de la llegada de Isabel a Burgos cambió las tornas y la ciudad entera se rindió a los pies de su soberana. La vuelta a Segovia fue más agridulce de lo que la alegria de la victoria hubiera permitido. Había llegado noticia de Aragon de que el rey había sido padre de una bastarda. Lo que significaba que en sus viajes a tierras aragonesas el rey había sido infiel a la reina.
Alícia no sabía cómo ocultar algo tan grave a su señora, pues sabía que sus celos eran temibles. Pero ocultárselo sería peor. El mismo Talavera, confesor de la reina, había pronosticado lo mismo. Pero todos junto con Beatriz sabían que tarde o temprano lo sabria.
-¿Que calláis? Acaso la victoria obtenida en Burgos no hace que se os mude el carácter. Algo tenéis y debéis hablar, es una orden.- ya era tarde, la cara de Isabel no acompañaba a las chanzas y los tres cómplices temblaban como hojas ante la furia que estaba a punto de desatarse.
La primera en hablar fue Beatriz:
-Señora, mi señora, ha llegado noticia del rey...-
-¿Ha pasado algo con Fernando? ¡Hablad!-
-Ha...sido...el rey ha sido padre, en Aragón.- Beatriz agachó la cabeza y se fue alejando lentamente de la reina.
La cara de Isabel no mostraba gesto alguno, siempre había sabido controlar sus emociones para no dar a conocer a nadie sus temores o sentimientos.
-Salid, dejadme sola. Ya.
Beatriz y Alícia salieron junto a Talavera. No pudieron evitar el grito desgarrado que salió de la habitación, seguido de un amargo llanto. Solo tuvieron tiempo de mirarse la una a la otra cuando oyeron a la reina llamar amargamente a Beatriz. Ambas se temieron lo peor.
El bebé se había adelantado, el viaje a Burgos y el reciente disgusto habían propiciado que la criatura quisiera venir al mundo cuando no le tocaba.
Alícia lloraba en silencio mientras envolvían al bebé en una sábana para que Talavera le diera la bendición ya que no había llegado a ser bautizado.
-Decid, hembra o varón.- la reina aún tenía fuerzas para preguntar por su retoño.
Alícia no tenía fuerzas para contestar a su señora, fue Beatriz la que confirmó a Isabel sus peores temores. Se volvió en la cama, aún dolorida por el esfuerzo y comenzó a llorar amargamente.
La muerte de aquel hijo mudó el carácter de la reina, su pelo rubio oro, siempre al viento, se vio recluido ahora en un rostrillo que enmarcaba el rostro grave de la reina. Ropas oscuras, casi todas negras, vestían el cuerpo de la soberana, y una expresión de eterna desdicha se coló donde antes había alegria.
[...]
El rey volvía, pero no victorioso, habían tocado retirada ante la superioridad del enemigo en la batalla. Cobardes, pensaba la reina, quien había tomado la retirada como una vergüenza para ella y para sus reinos.
Desde la muralla esperaba la llegada de Fernando junto con Chacón. Cuando los primeros caballos se divisaron en el horizonte la reina torció el gesto.
-Alancead a los primeros caballos, así todo el mundo sabrá que no se tolera a los cobardes en Castilla.
Chacón la miro de soslayo, pero sabía que una orden de la reina no podía evadirla.
Alícia acababa de llegar al salón del trono para llevar a su señora un poco de agua, cuando las puertas se abrieron violentamente.
Fernando entró seguido de sus hombres hecho una furia.
-Flaco favor hace la reina a sus huestes si nada más llegar del campo de batalla les recibe a lanzazos. ¿En que pensabais?-
-Unas tropas que vienen sin honor, cobardes que han preferido huir a plantar cara, dejando a su reino con su orgullo por los suelos.-
-Estaríais más conforme si hubiéramos vuelto en una carreta, siendo todos cadáveres. Pido a Dios suerte para que llegue el día que alguien pueda llegar a contentaros.
Ese comentario encendió la chispa que estaba aún dormida en Isabel. Tirando la copa que Alícia le ofrecía, ordenó salir a todos de la sala del trono, quedándose a solas con su marido.
Alícia no supo que pasó ahí dentro, pero las cosas entre ambos esposos cambiaron a partir de ese día. Se respiraba en la corte un aire tan cargado de tensión, que Alícia creyó sentirse hechizada por algún brujo.
[...]
Sentía el sol sobre su pelo, la cabellera le ardía en aquella tediosa tarde andaluza, pero no había mucha sombra bajo la que cobijarse en aquel campamento.
Alicia iba de un lado para otro atendiendo a los hijos de los reyes, pues a pesar de tratarse de una contienda bélica, la reina habia querido tener a la familia unida en estos momentos tan importantes para el reino. Cerca estaban de lograr lo que hacia cientos de años emprendieron sus antepasados: una Castilla cristiana. Granada era el último reducto musulmán y ese era el objetivo de los reyes. Habían ido cercando a los infieles y ahora se encontraban a las puertas de lograr tan ansiado objetivo.
[...]
Uno, dos...tres. Tres cañones, Granda era cristiana. Una lagrima de gozo y alegría se deslizaba por el rostro de Isabel, que se encontraba postrada rezando en su capilla improvisada. Alicia y Beatriz la acompañaban, nunca se separaban de ella, más desde el incidente en que la pobre Beatriz casi muere a manos de un infiel, que la confundió con la reina.
-Alicia, Beatriz, vamos a preparanos, el día merece que llevemos nuestras mejores galas. Este día que hemos recuperado para Nuestro Señor una plaza tan ansiada. Lágrimas de felicidad son las que caen por mi rostro queridas. Tantos años de sufrimiento y guerra han dado sus frutos. Alabado sea el señor.- la cara de la reina era digna de plasmar en un lienzo, ninguna de sus damas habia visto tanta felicidad en su rostro, ni si quiera cuando habia nacido el principe heredero, su "ángel", como ella le llamaba.
Un cortejo encabezado por los reyes se dirigía a las puertas de Granada. En el otro extremo, Boabdil y su corte aguardaban, avergonzados, pues se disponian a entregar el que habia sido su reino y su hogar y ahora se les presentaba un futuro bastante incierto.
Alicia se maravilló de las ropas que lucían los moros, aun derrotados mostraban elegancia y porte, seguramente había que nacer noble o rey para saber llevar aquella apariencia, pensaba ella.
Boabdil se dispuso a hacer una reverencia a sus majestades, pero el rey Fernando se lo impidió.
-No es necesario pues, aun vencido, seguís siendo rey.
Detrás de Boabdil, una mujer hizo un ademán de indiferencia. No era otra que su propia madre, Aixa, que sentía peor que la propia muerte la derrota a la que se enfrentaban.
-Aquí tenéis las llaves de la ciudad. Todo lo que hay aquí, incluso sus gentes, son vuestros.
Isabel tomó la llave de la ciudad de manera solemne. Su interior gritaba de gozo y alegria pero debía mostrarse magnánima, como reina que era.
[...]
-No me parece justo, las usan como monedas de cambio. Por una vez me alegro de no ser princesa.- Alicia estaba horrorizada con la política de matrimonios que los reyes estaban llevando a cabo con sus hijos.
La primogénita, Isabel, había sido enviada como esposa del heredero de Portugal. Pero el destino hizo que ese enlace fuera efímero, pues el esposo de la princesa murió y ella fue devuelta a su reino.
Juana y Juan iban a ser usados para una doble alianza con el emperador Maximiliano. Catalina iba a ser enviada a Inglaterra para casarse con el hijo mayor de Enrique VII. La pequeña María era, por el momento, la única que se libraba de este baile de mercaderías.
-Alicia, querida, nacen para un propósito. Es su sino.- Gonzalo sabía muy bien de lo que hablaba, pues, tiempo atrás, su corazón había pertenecido a la que ahora era su reina. Pero esas cosas nunca pasaban, y el Señor tuvo a bien poner a Alicia en su camino para devolverle la alegría. -Igual que tú o yo como plebeyos nacemos, vivimos y morimos de distina manera.-
-Tú ves que son niños aún, he criado a cada uno de esos príncipes junto con sus amas de cría y sus tutores. Son como mis propios hijos. Mi corazón se rompe cuando pienso en su partida. Juan se quedará aquí con nosotros, al menos el tiempo que el Señor nos lo deje.-
La cara de Gonzalo se tornó en pánico. -No dejes que te oigan decir esas cosas, querida, todos sabemos de la delicada salud del principe, pero también sabemos que es la razón de vivir de la reina. No deberías hablar así.-
-Ya lo sé, rezo para que Dios nos lo guarde muchos años, más siendo el único heredero varón de nuestros señores.-
[...]
-Será hermoso, alto, galán y bien hablado, estoy segura.- la infanta Juana fantaseaba con su prometido, el archiduque Felipe.
-Seguro que será todo eso y más, mi señora.- Alicia acompañaba a la infanta en sus mañanas de estudio atendiendo a sus peticiones. Se encontraban en la sala de juegos con el resto de sus hermanos.
La única que parecía estar en cuerpo pero no en alma era Isabel: desde que quedó viuda del principe Alfonso, su rostro no había vuelto a saber lo que era sonreir ni su alma habia vuelto a sentir alegría.
Alicia la vigilaba mirandola de reojo, por orden de la reina. Hacía poco había presentado sus deseos de profesar como monja rapándose el pelo, delante de toda la corte, y la reina temía que su primogenita sufriera del mal que había aquejado a su madre toda la vida.
-Dime hermana, ¿qué se siente estando enamorada?- Juana de dirigía a su hermana mayor, quien pareció emerger del mundo de los dormidos por un momento.
-No es decoroso hablar de esas cosas, hermana. Pero te diré que cuando perdí a mi amado esposo, supe que la alegría me había abandonado para siempre.- su voz se quebró y se escondió tras su velo para poder llorar.
-Juana, mi señora, os suplico que no importunéis a vuestra hermana con esas preguntas. Entendemos que os encontréis intrigada con esta nueva aventura que va a ser el casaros, pero el dolor de Isabel es reciente para ella.- Alicia siempre intentaba aplacar las situaciones, pues sabía que Juana no iba a mostrarse misericordiosa con su hermana. Poco la iban a importar sus lágrimas, pues su felicidad estaba por encima de ella.
-Sea como sea, estoy segura de que no hay ningun hombre como él, mi querido Felipe. Felipe...-
- ¿Y mi prometida? ¿Cómo será? Las cartas cuentan que es una mujer culta, hermosa y con la elegancia propia de una princesa. Estoy deseando conocerla.- el príncipe Juan también estaba deseoso de conocer a la que sería su esposa.
Ambos hermanos estaban a punto de ser desposados con sus respectivos prometidos. La intriga, los nervios, el miedo... todos esos sentimientos hacían un torbellino en sus cabezas.
[...]
La tensión seguía cubriendo la corte. El atentado contra el rey en Barcelona seguía teniendo en vilo a la reina y todo el consejo. Los principes habían sido llevados a lugar seguro para no concetrar a toda la familia real en un mismo lugar.
Se hablaba de conjuras, de rebeliones, de levantamientos. Cualquier teoría era dada por buena en las calles de la ciudad condal. Muchos habían visto el ataque, y más los que inventaban sobre lo ocurrido.
Habían apresado a un hombre como el autor del crimen, que no hacía mas que repetir que era hijo del difunto rey Juan y que la corona le pertenecía.
Alicia llevaba varios dias lavando vendas llenas de sangre de su señor, pues no eran pocas las curas que le repetían a lo largo del dia para poder parar la hemorragia.
-Está casi muerto, te lo digo yo, no quieren hacerlo publico para evitar revueltas.- Una de las doncellas del palacio, que Alicia no conocía, se dedicaba a sembrar rumores entre el servicio.
Alicia no hablaba, se dedicaba a sus labores, aunque sabía la verdad de aquello. Fernando era muy fuerte. Estaba muy débil en esos momentos, pero la muerte se había descartado, pues un cordón de oro que portaba el monarca habia evitado que el atacante le separase la cabeza del cuerpo.
[...]
-¡Juana! ¡Mi señora! Por favor, teneos, conteneos...Dios mío, ayúdanos...- Alicia miraba la escena atónita. Juana parecía estar poseída por el mismo diablo. Su esposo, Felipe, acababa de abandonar Castilla pero ella, al estar encinta, no había podido ir con él. La escena de la despdedida había dejado con mal cuerpo a toda la corte y lo que seguía en los aposentos de la heredera no era muy diferente de lo visto en la sala del trono.
Beatriz de Bobadilla intentaba calmar a la princesa, pero no se atrevía a acercarse a ella, pues aun emabarazada, Juana tenía la fuerza de un toro y temía que se hiriese así misma o al retoño que crecía en sus entrañas.
Al cabo de unos minutos apareció la reina, dando orden de dejar sola a Juana. Alicia vio lágrimas en el rostro de Isabel. “Es su hija”, se decía, “y debe verla en este estado de locura. No quiero imaginar que pasará por su cabeza sabiendo que es su heredera y que sus reinos van a ser regidos por...Dios me perdone, una loca.”
Alicia no creía que fuera una loca realmente, ella siempre vio que sobre sus hombros se estaban poniendo responsabilidades que Juana nunca habia querido. Eso sumado a los celos enfermizos que sentía por su esposo (que tampoco ayudaba con su comportamiento), la convertían en un ser tremendamente pasional. Siendo quien era, eso jugaba un papel importante en su contra.
La salud de Isabel estaba cayendo en picado, y cosas como ésta no hacian mas que poner peor a la reina. Alicia pensaba en el futuro, que se le antojaba bastante negro.
Aun tuvieron que aguantar desvaríos de la princesa, incluso soportaron sus amenzas.
Una noche que Beatriz se disponía a ofrecer un refrigerio a la princesa para ver como se encontraba de animos, intentó clavarla en el cuello unas tijeras.
-¡Perra!, teneis que dar parte de todos mis arrebatos a mi madre, por vuestra culpa no me dejan volver con mi esposo.-Juana estaba fuera de si y comenzó a hendir el metal en el cuello de la Bobadilla.
-¡Señora!¡Os lo suplico!¡Parad!- Beatriz intentaba zafarse de Juana pero esta era mas fuerte y no la dejaba moverse.
Tuvo a bien Cabrera el seguir a su esposa, pues no se fiaba de los arrebatos de Juana. Tomando a la princesa del brazo hizo que ésta soltase las tijeras mientras su mujer escapaba fuera de la estancia. De no ser por el, Beatriz hubiera acabado sus días en esa alcoba.
Isabel montó en cólera cuando se enteró de lo sucedido, pero ni su furia consiguió aplacar a su hija. La situación empeoraba a medida que el embarazo avanzaba. Muchos vieron sus plegarias escuchadas cuando por fin se produjo el parto.
Juana dio a luz a un precioso niño al que decidieron llamarle Fernando como a su abuelo. Sin embargo su madre no hizo caso alguno al pequeño, ni si quiera al nacer. Para ella ese niño la había separado de su adorado Felipe y no se merecía ni una muestra de cariño por su parte.
Isabel se encargó de que el pequeño infante tuviera los mejores cuidados, aunque el amor de su madre fue lo único que no logró conseguir a su nieto.
La situación no mejoraba, pues Juana insistía en que una vez había dado a luz a su hijo, ya podía irse a Flandes con su esposo. Alicia sabía, pues lo había escuchado mientras servía a sus señores un almuerzo, que ni el rey ni la reina estaban dispuestos a dejar marchar a su heredera. Sabían que dejar ir a Juana era volver a meter a su hija en la boca del lobo y volvería a ser una marioneta a las órdenes de Felipe.
Cisneros tenía claro que lo mejor era recluir a la heredera, par así apartarla de su esposo, el archiduqe.
En la sala se encontraban los reyes con el clerigo, mientras Alicia servía unas copas a los presentes.
-Majestades debemos apartar a Juana de su marido, tiene que permanecer en castilla y la unica opcion que tenemos es recluirla.-
-Eminencia, no creo que esa sea buena solución, dados los desmanes de mi hija ante oponerse a su voluntad. Sería como encerrar a una fiera en una jaula, solo la pondríamos más en nuestra contra.-
Isabel por su parte meditaba en silencio. Pensaba, igual que Cisneros, que un retiro podía hacer mella en su alma y traer a su hija de vuelta al mundo de los cuerdos.
-Sea, llevaremos a la princesa al castillo de la Mota, en Medina del Campo, allí tendrá un retiro espiritual. Estoy segura de que eso la ayudará.-
Fernando miró de soslayo a su esposa pero accedió a llevar a la princesa a la Mota.
Alicia fue la encargada de dar la noticia a la princesa, a quien tuvo que decir que se trataba de una parada en su ruta hacia Laredo para coger un navío rumbo a Flandes.
-Mi señora, es un alto en el camino, nada más. Flandes cada vez esta mas cerca para vos.- A Alicia le temblaba el labio pronunciando estas palabras. Sabía que la reacción de Juana podía ser terrible.
Juana accedió aunque con reservas a ir a Medina. Isabel pidió a Alicia que acompañase a su hija, mientras Beatriz se quedaba con ella, pues su salud había vuelto a resentirse.
El rey había marchado a una campaña en Aragón, de modo que el unico poder que podía acompañar a la princesa a su retiro era el Cardenal Cisneros.
Alicia nunca había tenido ocasión de hablar con el, pues sus posiciones eran muy diferentes. Sin embargo la Providencia había querido juntarles.
-Callada vais Alicia, adivino que vuestros pensamientos estan centrados en nuestra princesa.- Cisneros
AAAAAQUIIIIIIIIIII
[...]
El Vuelo del Águila
Un manto negro cubria los hombros de Alicia. Era cuestión de días, quizá menos, que ocurriese lo que todos temían. La reina se moría, nada podía hacerse, solo rezar por su alma, tal y como ella había pedido.
Ansiaba más que nunca tener a su esposo al lado, pero sus obligaciones como el Gran Capitán le tenían ocupado en otro sitio. Ya estaba acostumbrada a la soledad, pues sabía muy bien con quien se había casado. Perp en estos momentos la compañia de sus hijos no la reconfortaba como había hecho otras veces. Se respiraba en el palacio un ambiente de desolación. Todo estaba difuso, no se sabía con certeza que sería del reino cuando Isabel dejase este mundo.
Alicia se sentó en una de las butacas de la sala que daba acceso a los aposentos de la reina. El ir y venir de clérigos era incesante, hacían turnos para que constantemente hubiera rezos alrededor de la monarca. Beatriz salió en esos momentos de la alcoba real y corrió a abrazar a Alicia: ambas compartían el mismo dolor. Ambas amaban a esa mujer más que a sus propias vidas, pues siempre las habían dejado atrás por atender a su querida reina y ahora la perdían. Sentían como si el mundo se desmoronase a su alrededor.
-Alicia, querida, se ha derrumbado por completo, no quiere mas que oir rezos por salvar su alma. Da por perdido su cuerpo y solo la interesa reunirse con Nuestro Señor.- sus lagrimas habian decorado su rostro formando surcos brillantes, tenía los ojos hinchados de llorar.
Alicia se acurrucó entre sus ropas tapándose con el manto. No la quedaban mas lágrimas para derrarmar por su señora. Lloraba por ella, por su marido, por sus hijos, por el reino. Todo lo que aquella mujer había logrado estaba pendido de un hilo y podía venirse abajo.
Nadie tenía claro que Juana quisiera gobernar una vez fallecida su madre, y pocos estaban dispuestos a que fuera Felipe, un extranjero a pesar de ser su marido, el que llevase las riendas del reino. Tampoco estaba claro que pasaria con Fernando, pues una vez fallecida la reina propietaria el perdía su condicion de Rey de Castilla y se le veía tan extranjero como al archiduque.
-Rápido, llamad a un notario, Beatriz deprisa- el rey salió de repente de la habitacion de la reina con gesto severo.
Beatriz abandonó la antesala corriendo, Alicia miraba al rey intentando adivinar que quería hacer con un notario. Pues hacía varios días, el 12 de Octubre, que la reina había hecho su testamento.
-La reina ya dictó testamento, pero esta vez redactaremos un codicilio para asegurarnos la regencia.- la mirada de Fernando había desterrado toda tristeza y se mostraba altiva y decidida.
“Después de todo”, pensó Alicia, “el reino va a seguir adelante con ella o sin ella, Fernando hace bien en asegurar las cosas, aunque su ambición en un momento así me da escalofríos”.
Según llegó el notario se redactó el documento, este ayudaria a Fernando para que en caso de que Juana no quisera o pudiera gobernar el pudiera hacerlo en su nombre hasta que su nieto, Carlos, tuviera edad legal de gobernar. Este medida sentaría mal en Flandes de seguro, pero era la unica manera que tenia el aragones de asegurarse la corona al menos un tiempo. Fernando parecía muy seguro de que aquella medida sería lo mejor para el reino, al menos asi se lo hizo creer a Isabel pero la realidad iba a ser muy distinta.
La noche dio paso a un nuevo dia, entrado ya el mes de Noviembre el frío se hacía cada vez mas presente en la villa de Medina del Campo. Sus lugareños sabían de la salud de la reina, y el mismo desanimo que se había instalado en el palacio reinaba en todas las calles de la villa.
Alicia salió a pasear, quiso ir sola aunque siempre iba acompañada por dos guardias a petición de su esposo. Miraba a las gentes con su devenir diario, pocos por no decir ninguno eran conscientes de lo que estaba en juego en esos momentos. Un nudo se apoderó de su garganta y las ganas de llorar iban en aumento. Agachó la cabeza para que nadie viera cómo lloraba, fijando su mirada en los guijarros que encontraba en su camino, cuando pisó un tallo verde, un verde vivo. Levantando la cabeza vio que los medinenses estaban confeccionando un altar con flores.
Pregunto a un hombre que estaba colocando algunas en el altar para qué eran esas flores.
- Para la reina, para quién si no. Sabemos de su delicada salud y queremos mandarla de esta forma nuestros mejores deseos y, si Dios tiene a bien llevarsela con Él, nuestras plegarias por su alma.
Alicia se echó a llorar de emoción: la gente quería a su reina y querían hacer algo por ella, aunque fuera simbólico.
Volvió sus pasos hacia palacio y pidió permiso para ver a Isabel. Al principio Fernando se mostró reticente a pesar de ser ella una de las damas de más confianza de la reina, pues el estado de Isabel era tal que incluso el dosificaba sus visitas para no fatigarla. Finalmente la dejaron pasar, ante la insistencia de Alicia, quien aseguraba llevar un mensaje que reconfortaría a la reina.
Fernando se quedó en la puerta observando. Alicia se arrodilló frente a la cama tomando de la mano a su reina.
Isabel abrió un poco los ojos ante el frió que traía Alicia en las manos. Sonrío al ver de quien se trataba pero no pronunció palabra.
-Isabel, mi señora, he salido a la calle y quería contaros lo que he visto.- la doncella esperó respuesta pero no la encontró. Miró por un momento a Fernando, quien asintió con la cabeza para que continuase con su relato.
- Las gentes de Medina, señora, saben de vuestro estado y quieren mostraros lo que os quieren: están haciendo altares en las calles llenos de flores en honor de su reina. Si pudierais verlo majestad, es precioso. Es precioso ver como os quieren.- Alicia besó la mano casi inerte de su señora y apoyo la frente en ella para que Isabel no la viera llorar.
- Alicia, querida, no llores por mi, pues sabes que pronto estaré con Nuestro Señor, que espero me reciba con alegría.- La mano de Isabel acarició la cara de Alicia limpiandola las lagrimas y cayó sin fuerzas sobre la manta.
Fernando tomó por los hombros a la doncella y la sacó de la habitación.
-Sin duda sois un ángel para ella. Beatriz y vos sois lo mejor que le ha podido pasar en esta vida.-
-Con todo el respeto mi señor, creo que para ella lo mejor que le ha podido pasar en la vida sois vos, nosotras solo somos parte de sus servicio.- los carrillos de Alicia se sonrojaron a pesar de ser ya una mujer adulta. Miró a los ojos al rey y vio que sus palabras lo habían emocionado. Sin pensarlo dos veces, saltandose el protocolo, abrazó al monarca. Fernando respondió como un padre con una hija al abrazo dando gracias por poder contar con alguien así para su esposa.
26 de Noviembre...
El canto del gallo despertaba a los habitantes de Medina del Campo. En el palacio real seguían despiertos desde la noche anterior, aguardando. Los físicos habían pronosticado que sería cuestión de horas que su majestad expirase.
El rey se habia retirado a su alcoba hacia un par de horas. Alicia y Beatriz hacían guardia a los pies de la cama de la reina mientras sostenían un rosario. Rezaban entre dientes para no perturbar a Isabel con sus letanías.
La habitacion estaba llena de velas dando un aspecto fantasmal al lugar. Varios monjes seguían con sus rezos en un rincón, como un murmullo que se metía en el cuerpo de los presentes creando escalofríos.
Uno de los físicos se acercó a Beatriz y la susurró algo al oido. Alicia no pudo percibir que decía pero se lo imaginaba, pues Isabel había empezado a convulsionar.
Momentos después llego Fernando escoltado por Beatriz. Miró a todos los presentes y les pidió que abandonasen la estancia.
Una pequeña comitiva se formó para abandonar la alcoba de la reina. Alicia y Beatriz se quedaron en la antesala aguardando. Aun pasaron horas sin que nadie pronunciase palabra. Miradas furtivas se dedicaban unos a otros, mientras las mujeres y los monjes seguían con sus rezos.
Aún no habia llegado el mediodía cuando Fernando apareció en la puerta. Tenía el rostro serio, guardando las formas como no podía ser de otra manera siendo el rey. Pero en sus ojos se leía una tristeza profunda, como si la alegría hubiera abandonado su cuerpo para no volver.
-La reina...ha muerto.-No dijo más. Abandonó la sala solo, aunque se podía ver una sombra que acompañaba al monarca como simbolo de su perdida y desgracia.
Beatriz arrancó en llanto. Alicia se llevó las manos a la cara mientras lágrimas silenciosas caían por su rostro. Poco a poco se dejo caer de rodillas en el frio suelo, sintiendo al momento el abrazo de su compañera. Ambas se quedaron en la sala sin poder moverse, hasta que Chacón las llamo para que pudieran atender el cuerpo de la reina para su embalsamiento.
Nunca había vivido una experiencia así Alicia, ni cuando tuvo que envolver en sabanas el cuerpo del pequeño principe no nato había sentido tanto pánico ante la muerte.
Isabel estaba con el rostro sereno, no se veía en su rostro marca alguna de preocupaciones o tristezas que en otro tiempo habían tornado aquella cara en arrugas y sombras. Alicia pensó que su señora parecía un ángel, aunque marcada por la edad, nunca la había visto tan inmaculada, tan llena de paz.
-Ahora esta en un reino que ella valoraba y estimaba mas que cualquiera de los que tenía aqui en la tierra. Que el Señor la guarde.- Beatriz intentaba mostrarse seria, acorde a la dignidad que requería el momento.
Varias doncellas aparecieron con una pila con agua tibia, esponjas y el hábito franciscano con el que la reina había pedido ser enterrada. Ambas mujeres tomaron el cuerpo de Isabel con sumo cuidado, como si de una pieza de cristal se tratara. Limpiaron con mimo y ternura su rostro, sus brazos y su cuello. La pusieron el hábito y la colocaron con un rosario entre las manos.
Después llegaron varios hombres que las ayudaron a colocar el cuerpo en un ataud negro, revestido de cuero, adornado con el escudo de sus Católicas Majestades bordado.
Dispusieron el ataud con los restos de la reina en una capilla improvisada, adornada con velas que nunca se apagaban. Allí todo el que quiso pudo ir a despedirse de la reina, mientras aguardaban que el tiempo amainase un poco para poder hacer la peregrinacion hacia Granada. Alli era donde la reina quería que reposase su cuerpo y alli iba a ser llevaba para cumplir su voluntad.
Alicia se deshizo de sus vestidos mas llamativos, quedandose con los oscuros. Como tiempo atras hiciera su Señora tras la muerte de su hijo no nato, Alicia puso de luto su vida. Pues acababa de perder a la mujer gracias a la cual tenía todo lo que tenía y que nunca hubiera soñado con tener. Gracias a Isabel tenía a su esposo, sus hijos y su vida era un poco mas agraciada que la de cualquier doncella de palacio por ser la esposa del Gran Capitán.
Enmarcando su cara en un rostrillo negro, sencillo pero fúnebre, se fijó en un águila que había posada en la ventana. Alicia se acercó para ver mas de cerca al animal y éste la miro fijamente por un segundo. Alzó el vuelo perdiéndose en el horizonte. Alicia creyó que era el espíritu de su señora, que abandonaba este mundo para siempre.
La noticia de la muerte de Isabel fue llegando a todos aquellos que la querían.
Gonzalo, su capitán, recibió la misiva de letra de su esposa. Sintió que una parte de su vida se había roto para siempre, pues a pesar de haber sido su amor de juventud el cariño infinito que sentía hacía Isabel era el que le había empujado en cada batalla. Luchar por su reina era un aliciente que ahora había perdido.
Sus hijas sabían del estado de su madre, pero no por ello fue menor el dolor al saber la noticia. En Portugal, Inglaterra y Flandes los llantos de las hijas de Isabel se hicieron eco entre sus súbditos, que nunca habían visto un desgarro del alma tan grande ante la muerte de un ser querido.
El cardenal Cinseros se encontraba de camino cuando un mensajero de la corte le dio la mala nueva. Llegó a oidos de los cortesanos que el clerigo desmontó del burro que le llevaba y estuvo horas arrodillado con las manos cruzadas sobre el crucifijo que Isabel le había regalado, elevando plegarias al cielo por el alma de su señora; mientras las lagrimas recorrian su rostro.
No tardó Fernando en hacer pública su renuncia a la corona, como no podía ser de otra manera, pues al morir Isabel su título de rey consorte desaparecía. Otra cosa era lo que ella hubiera dispuesto en su testamento.
Se cantaron vítores por la nueva reina: “Castilla por la reina Juana” clamaban, “Castilla, Castilla”. Quiza si Juana hubiera escuchado estos cánticos su idea sobre gobernar hubiera sido distinta,o al menos esos eran los pensamientos que tenía Alicia viendo todo aquello.
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