OJOS DE LUNA
Luna miraba sin interés a través
del cristal de la ventana mientras la lluvia caía
incesante en la calle, oscura por
la noche. Su habitación estaba en silencio, su madre
dormía en el sillón de las
visitas y el único ruido que se oía era el lento goteo del suero
que tenía conectado a su mano.
Luna recordaba todo lo que la
había pasado en pocas semanas y cómo su vida había
pegado un cambio radical.
Empezó semanas antes, cada día
volvía del colegio más cansada pero no se lo comentó
a nadie porque supuso que sería
del poco sueño: era época de exámenes y se acostaba
tarde.
Cuando acabaron los exámenes Luna
pensó en acostarse temprano para así no estar
cansada, pero no daba resultado y
cada día se cansaba antes. Un día, volviendo del
colegio, Luna no pudo más y se
desplomó en mitad de la calle. Sólo recordaba haberse
caído y, después, abrir los ojos
en una ambulancia al lado de su madre, que la miraba
con ojos desesperados.
Entonces todo ocurrió muy rápido;
tras horas de análisis y pruebas, el médico quiso
hablar con sus padres a solas.
Luna sabía que tenía algo malo, y por la cara del médico,
muy malo. Minutos después, sus
padre salieron de hablar con el médico y su madre se
abrazó a ella como si Luna
tuviera que irse y no pudieran retenerla.
La explicaron todo lo ocurrido y
lo que la pasaba: tenía leucemia, y en una fase algo
avanzada. Luna sintió que esa
palabra la atravesaba el pecho como un frío metal,
creándola un nudo en el estómago
que la impedía incluso llorar. Miró a su alrededor en
busca de alguien que la dijese
“¡Inocente!”, no quería creérselo, no podía ser verdad.
La ingresaron de inmediato y sus
padres movieron cielo y tierra en busca de ayuda,
métodos para salvarla,
tratamientos, lo que fuera.
Comenzaron por intentar limpiarla
la sangre, Luna recordaba la expresión en la cara de
sus padres y su hermano; era una expresión de esperanza
pero, en el fondo, sabían que
seguramente no serviría para
nada.
Al llevarla a la habitación Luna
se sentía extraña, su padre la explicó lo que la habían
hecho pero eso la hizo sentirse
más extraña todavía.
La limpieza no dio resultado, la
enfermedad seguía en ella, consumiéndola su joven
vida. Entonces los médicos
propusieron la quimioterapia; Luna se estremeció con solo
oírlo. Cuando la contaron los
planes que tenían para ella, en su cama del hospital, de
manera instintiva, se agarró
fuertemente el pelo.
Recordó aquellos días, no tan
lejanos, cuando la salud de su pelo era lo único
importante para ella, entonces la
noticia de poder perderlo hubiese sido desastrosa, pero
ahora carecía de importancia para
ella.
Poco a poco su pelo fue cayéndose
como las hojas de los árboles en otoño, acabó con el
cráneo pelado, sin un ápice del
pelo que tanto había amado.
Pasaron uno o dos meses- a Luna
el tiempo ya no la importaba- y sus padres la contaron
que estaban buscando un donante
de médula, pues esa era la única opción que les
quedaba si querían salvarla.
Luna sonrió al escuchar esa
noticia, y se sintió diferente, llevaba meses sin sonreír y sin
alegría, pues pensaba que no
había motivo para ello.
Pero pasó una semana sin que
obtuviesen respuestas favorables, sabía que gente que la
quería, incluidos sus profesores,
se habían hecho las pruebas, pero ninguna de sus
médulas la servía.
El médico quería darla esperanzas
y la dijo que en la semana próxima, en un viaje, haría
lo posible por encontrarla una
médula compatible.
La esperanza en Luna resurgió, ya
que sabía que era más probable encontrar una médula
compatible en el mundo que en una
ciudad solamente.
Eso era lo que la preocupaba
tanto a Luna esa noche lluviosa: al día siguiente el médico
llegaba de su viaje y esperaba
que la dijese algo que llevaba esperando semanas.
Giró la cabeza para contemplar la
que había sido su casa durante tantos meses y se
encontró con la mirada de su
madre, tan paciente y comprensiva como había sido con
ella todo este tiempo.
-Luna, duérmete ya, es muy
tarde.-la dijo, pero en verdad ella tampoco había dormido,
pues a ambas las preocupaba la
misma cosa aquella noche.
- No tengo sueño,- contestó Luna-
además, por esta calle es por donde viene el doctor al
hospital, de modo que veré su
coche en cuanto pase la esquina.
Su madre resopló, y se dejó caer
en el sillón donde fingía que dormía. Había pasado
tanto tiempo que ya no tenía
muchas esperanzas en que fuese a acabar bien. Pero fingía
tener alegría por Luna, porque
sabía que si ella se derrumbaba, su hija también lo haría.
El sol comenzó a despuntar, la
noche de lluvia tocaba su fin y con ella la dura espera de
Luna.
Luna se apresuró a taparse bien
en su cama para que el doctor creyese que había estado
durmiendo toda la noche. Pasaron
las enfermeras con el desayuno pero Luna no tenía
hambre, se sentiría alimentada
con las noticias del doctor.
Pasó el día entero pero el doctor
no pasó por su habitación, ni llamaron a su madre para
que fuese a hablar con él. Luna
se sentía desconcertada, era una promesa que él la había
hecho antes de irse, así que
debía cumplirla.
El doctor no se presentó ni ese
día ni el siguiente, Luna no podía reprimir sus lágrimas,
pero lloraba en silencio para no
disgustar a su madre.
A los tres días el doctor
apareció en la habitación con el semblante pálido, sin apenas
expresión en la cara. Hizo que se
llevaran a Luna al cuarto de la
televisión, donde una
enfermera estuvo jugando con ella
a las cartas.
Luna no prestaba atención al
juego, sus ojos se quedaron fijos en la puerta de su
habitación, esperando oír algo.
Vio entrar a otro médico y se
levantó de un salto para ir a su habitación, pero la
enfermera la agarró con
delicadeza de los hombros y la dijo que debía quedarse allí
hasta que el doctor fuese a
buscarla.
Tras lo que a Luna la parecieron
horas, la puerta de su habitación se abrió y el doctor
fue a buscarla. Entró a la
estancia y vio que el médico que había visto entrar estaba
hablando casi en susurros con su
madre mientras ésta asentía con resignación a lo que la
decía.
El doctor fue muy sensible con
Luna y la explicó lo que había pasado en su viaje.
-Verás Luna, -la había dicho-
estuve en ciudades distintas del mundo buscando una
médula compatible con la tuya
pero ninguna de las que mandé analizar lo era. Regresé
al hospital sintiendo que te
había fallado, pequeña, no podía venir a verte porque no
sabía que iba a decirte.
Luna le miró sin pronunciar
palabra, sabía que no hacía falta que la dijese más, sabía
que iba a morir más tarde o más
temprano, pero moriría.
El doctor tragó saliva y miró a
su compañero, quien le hizo un gesto de asentimiento y
siguió hablando.
- Es muy difícil decir algo así
Luna, pero debes saberlo.- En ese momento la madre de
Luna comenzó a llorar de manera
desconsolada, mientras el otro médico intentaba que
se tranquilizara. El médico de
Luna cerró los ojos un momento y su cara se puso seria.
- Luna, debes saber que, si en
los próximos meses no encontramos un donante de
médula, tú…te…He de irme.- el
médico de Luna cerró la puerta de un golpe.
Luna se quedó pensando en las
palabras del doctor, en el llanto de su madre y en ella
misma. Todo lo que había hecho,
todo lo que había tenido que pasar, y para nada. Se iba
a morir, moriría sin saber como
sería su primer beso, sin saber que se siente cuando te
dejan, sin poder ir a la
universidad, sin haber vivido.
Dos meses después de aquella
charla, la llamada de emergencia de la planta del hospital
sonó en la habitación de Luna. Su
médico, las enfermeras que de ella cuidaban, su padre
y su hermano corrieron a la
habitación de Luna. Su madre estaba sentada en el sillón, su
cara no tenía ningún gesto, era
como si fuese una muñeca. Cuando los vio entrar torció
el gesto en dirección a la cama
de Luna y allí la vieron.
Luna se había ido, sus ojos
miraban hacia la Luna,
una Luna llena como la del día en
que nació. Sus ojos eran de ese
color, unos ojos llenos de vida pero ahora sin ella.
Vacíos, dormidos, en un sueño
interminable.