viernes, 10 de febrero de 2017

OJOS DE LUNA



OJOS DE LUNA


Luna miraba sin interés a través del cristal de la ventana mientras la lluvia caía

incesante en la calle, oscura por la noche. Su habitación estaba en silencio, su madre

dormía en el sillón de las visitas y el único ruido que se oía era el lento goteo del suero

que tenía conectado a su mano.

Luna recordaba todo lo que la había pasado en pocas semanas y cómo su vida había

pegado un cambio radical.


Empezó semanas antes, cada día volvía del colegio más cansada pero no se lo comentó

a nadie porque supuso que sería del poco sueño: era época de exámenes y se acostaba

tarde.

Cuando acabaron los exámenes Luna pensó en acostarse temprano para así no estar

cansada, pero no daba resultado y cada día se cansaba antes. Un día, volviendo del

colegio, Luna no pudo más y se desplomó en mitad de la calle. Sólo recordaba haberse

caído y, después, abrir los ojos en una ambulancia al lado de su madre, que la miraba

con ojos desesperados.

Entonces todo ocurrió muy rápido; tras horas de análisis y pruebas, el médico quiso

hablar con sus padres a solas. Luna sabía que tenía algo malo, y por la cara del médico,

muy malo. Minutos después, sus padre salieron de hablar con el médico y su madre se

abrazó a ella como si Luna tuviera que irse y no pudieran retenerla.

La explicaron todo lo ocurrido y lo que la pasaba: tenía leucemia, y en una fase algo

avanzada. Luna sintió que esa palabra la atravesaba el pecho como un frío metal,

creándola un nudo en el estómago que la impedía incluso llorar. Miró a su alrededor en

busca de alguien que la dijese “¡Inocente!”, no quería creérselo, no podía ser verdad.

La ingresaron de inmediato y sus padres movieron cielo y tierra en busca de ayuda,
métodos para salvarla, tratamientos, lo que fuera.

Comenzaron por intentar limpiarla la sangre, Luna recordaba la expresión en la cara de  

sus padres y  su hermano; era una expresión de esperanza pero, en el fondo, sabían que

seguramente no serviría para nada.

Al llevarla a la habitación Luna se sentía extraña, su padre la explicó lo que la habían

hecho pero eso la hizo sentirse más extraña todavía.

La limpieza no dio resultado, la enfermedad seguía en ella, consumiéndola su joven

vida. Entonces los médicos propusieron la quimioterapia; Luna se estremeció con solo

oírlo. Cuando la contaron los planes que tenían para ella, en su cama del hospital, de

manera instintiva, se agarró fuertemente el pelo.

Recordó aquellos días, no tan lejanos, cuando la salud de su pelo era lo único

importante para ella, entonces la noticia de poder perderlo hubiese sido desastrosa, pero

ahora carecía de importancia para ella.

Poco a poco su pelo fue cayéndose como las hojas de los árboles en otoño, acabó con el

cráneo pelado, sin un ápice del pelo que tanto había amado.

Pasaron uno o dos meses- a Luna el tiempo ya no la importaba- y sus padres la contaron

que estaban buscando un donante de médula, pues esa era la única opción que les

quedaba si querían salvarla.

Luna sonrió al escuchar esa noticia, y se sintió diferente, llevaba meses sin sonreír y sin

alegría, pues pensaba que no había motivo para ello.

Pero pasó una semana sin que obtuviesen respuestas favorables, sabía que gente que la

quería, incluidos sus profesores, se habían hecho las pruebas, pero ninguna de sus

médulas la servía.

El médico quería darla esperanzas y la dijo que en la semana próxima, en un viaje, haría

lo posible por encontrarla una médula compatible.  

La esperanza en Luna resurgió, ya que sabía que era más probable encontrar una médula

compatible en el mundo que en una ciudad solamente.


Eso era lo que la preocupaba tanto a Luna esa noche lluviosa: al día siguiente el médico

llegaba de su viaje y esperaba que la dijese algo que llevaba esperando semanas.

Giró la cabeza para contemplar la que había sido su casa durante tantos meses y se

encontró con la mirada de su madre, tan paciente y comprensiva como había sido con

ella todo este tiempo.

-Luna, duérmete ya, es muy tarde.-la dijo, pero en verdad ella tampoco había dormido,

pues a ambas las preocupaba la misma cosa aquella noche.

- No tengo sueño,- contestó Luna- además, por esta calle es por donde viene el doctor al

hospital, de modo que veré su coche en cuanto pase la esquina.

Su madre resopló, y se dejó caer en el sillón donde fingía que dormía. Había pasado

tanto tiempo que ya no tenía muchas esperanzas en que fuese a acabar bien. Pero fingía

tener alegría por Luna, porque sabía que si ella se derrumbaba, su hija también lo haría.

El sol comenzó a despuntar, la noche de lluvia tocaba su fin y con ella la dura espera de

Luna.

Luna se apresuró a taparse bien en su cama para que el doctor creyese que había estado

durmiendo toda la noche. Pasaron las enfermeras con el desayuno pero Luna no tenía

hambre, se sentiría alimentada con las noticias del doctor.

Pasó el día entero pero el doctor no pasó por su habitación, ni llamaron a su madre para

que fuese a hablar con él. Luna se sentía desconcertada, era una promesa que él la había

hecho antes de irse, así que debía cumplirla.

El doctor no se presentó ni ese día ni el siguiente, Luna no podía reprimir sus lágrimas,

pero lloraba en silencio para no disgustar a su madre.

A los tres días el doctor apareció en la habitación con el semblante pálido, sin apenas
expresión en la cara. Hizo que se llevaran  a Luna al cuarto de la televisión, donde una

enfermera estuvo jugando con ella a las cartas.

Luna no prestaba atención al juego, sus ojos se quedaron fijos en la puerta de su

habitación, esperando oír algo.

Vio entrar a otro médico y se levantó de un salto para ir a su habitación, pero la

enfermera la agarró con delicadeza de los hombros y la dijo que debía quedarse allí

hasta que el doctor fuese a buscarla.

Tras lo que a Luna la parecieron horas, la puerta de su habitación se abrió y el doctor

fue a buscarla. Entró a la estancia y vio que el médico que había visto entrar estaba

hablando casi en susurros con su madre mientras ésta asentía con resignación a lo que la

decía.

El doctor fue muy sensible con Luna y la explicó lo que había pasado en su viaje.

-Verás Luna, -la había dicho- estuve en ciudades distintas del mundo buscando una

médula compatible con la tuya pero ninguna de las que mandé analizar lo era. Regresé

al hospital sintiendo que te había fallado, pequeña, no podía venir a verte porque no

sabía que iba a decirte.

Luna le miró sin pronunciar palabra, sabía que no hacía falta que la dijese más, sabía

que iba a morir más tarde o más temprano, pero moriría.

El doctor tragó saliva y miró a su compañero, quien le hizo un gesto de asentimiento y

siguió hablando.

- Es muy difícil decir algo así Luna, pero debes saberlo.- En ese momento la madre de

Luna comenzó a llorar de manera desconsolada, mientras el otro médico intentaba que

se tranquilizara. El médico de Luna cerró los ojos un momento y su cara se puso seria.

- Luna, debes saber que, si en los próximos meses no encontramos un donante de

médula, tú…te…He de irme.- el médico de Luna cerró la puerta de un golpe.

Luna se quedó pensando en las palabras del doctor, en el llanto de su madre y en ella

misma. Todo lo que había hecho, todo lo que había tenido que pasar, y para nada. Se iba

a morir, moriría sin saber como sería su primer beso, sin saber que se siente cuando te

dejan, sin poder ir a la universidad, sin haber vivido.

Dos meses después de aquella charla, la llamada de emergencia de la planta del hospital

sonó en la habitación de Luna. Su médico, las enfermeras que de ella cuidaban, su padre

y su hermano corrieron a la habitación de Luna. Su madre estaba sentada en el sillón, su

cara no tenía ningún gesto, era como si fuese una muñeca. Cuando los vio entrar torció

el gesto en dirección a la cama de Luna y allí la vieron.

Luna se había ido, sus ojos miraban hacia la Luna, una Luna llena como la del día en

que nació. Sus ojos eran de ese color, unos ojos llenos de vida pero ahora sin ella.

Vacíos, dormidos, en un sueño interminable.




martes, 17 de enero de 2017

La Noche

Sus miradas se curzaron...

Vieron la multitud que les rodeaba, pero ellos sabían qué significaba esa mirada y qué buscaban aquella noche.

De repente, se vieron alejándose de todos, hacia su habitacion, acercándose el uno al otro, sin remedio.
La mirada les dio fuerza a las piernas y éstas, a los brazos, que les unieron en un tierno abrazo del que no querían soltarse.

Ella dejo suelta su melena mientras dejaba caer el abrigo que la cubría del frío.
Él, sin poder sujetarse, agarró su cabello con firmeza y la atrajo hacia él.
Cuando la besó sintió sus labio suaves, carnosos y húmedos. "Por fin", se dijo.

Tanto tiempo ansiando tocar esos labios de aquella manera, aventurando qué sabor podrían tener en su interior, y ahora eran todo suyos.
Ella dejó que siguiera más allá abriendo la boca, buscando su lengua como el sediento busca una gota de agua en el desierto. Dejándose arrastrar por la pasión y el deseo que les invadía.

Las manos de ambos empezaron a recorrer sus cuerpos en busca de cada centímetro de piel que pudiera ser acariciado, tocado, sentido por el otro.

Él sonrió, al notar como se erizaba el vello de sus brazos con cada caricia, mientras se buscaban la boca.
De repente, la separó de él y ella se quedó perpleja...

¿Por qué paraba?

Se quedó un momento contemplando a su princesa, como él la llamaba, su cabello sobre los hombros, su respiracion acelerada, que hacia subir y bajar su pecho de una forma sensual y provocadora.
Volvió a sonreír y, empujándola, la tendió sobre la cama.

Ella, aunque sorprendida, se dejó caer con sonrisa traviesa.

Con manos diestras, desabrochó los botones de la camisa que ocultaba su cuerpo y otro tanto hizo con los pantalones.
Cuando consiguió tenerla en ropa interior, se maravilló de lo que presenciaba.

-"Eres perefecta"-, susurró, -"perfecta para mi"-.

Ella rió y le tendió los brazos pidiendo un abrazo. -"Ahora tú"-, le dijo.

-"Aún no"-, respondió él negando con la cabeza. -"Quédate quieta"-.

Se tendió sobre ella y comenzo a besar cada centimetro de piel que no estaba cubierto por la lencería.
Saboreando cada centimetro, mordiendo cada pliegue de piel que encontraba en su recorrido.
Ella se retorcía con cada mordisco pero él la sujetaba. -"Tendré que atarte si no te estás quieta"-, dijo.

Obediente pero resignada, intentaba por todos los medios no moverse, aunque su cuerpo convulsionaba con cada mordida.

Deslizó los dedos suavememente por la parte baja del sujetador, buscando lo que aquella lencería ocultaba.
De un golpe subió para arriba la copa y dejó al descubierto un pecho.
El pezón estaba duro, se quedó observandole satisfecho mientras acercaba la cara al pequeño trozo de piel.

Ella reprimió una carcajada, sentía cosquillas, empezaba a notar un calor por el vientre que no había sentido, de modo que se volvió a relajar y se dejó llevar.
De repente sintió su boca cerrándose sobre su pezón, la sintió humeda y caliente, empezo a sentir como supcionaba con delicadeza pero de manera firme.
Puso los ojos en blanco mientras arqueaba la espalda: estaba empezando a sentirse loca, no podía aguantar eso, era demasiado y la enloquecía.

Siguió con el otro pecho, el mismo proceso, mientras ella intentaba reprimirse, aunque sus caderas empeazaban a moverse sin que pudiera evitarlo.
Fue dibujando un circulo con la lengua alrededor del pezón, siguiendo a través de la tripa, bajando por el ombligo hasta su puvis.

Ella, en un acto instintivo, se tapó la zona con las manos y gritó -"¡Para!"-.
Contrariado, la miró:

-"¿No te gusta? ¿Quieres que pare?"-
-"No puedo soportarlo, me enloquece".-
-"Relájate".-

Se volvió a tumbar y cerró los ojos.

Volviendo con la lengua, tomó camino por donde había dejado la piel húmeda. Con los dientes tomó la tela de la prenda y la fue bajando lentamente.
Se ayudó de las manos para dejarla desnuda, separarla las piernas y poder sumergirse dentro de ella.

Ella ahogó un grito y se agarró a su pelo.
Su lengua se aventuraba por cada pliegue de su sexo, provocandole espamos en el vientre, haciendo que sus caderas se movieran con pequeñas sacudidas.
Jugueteó con el pequeño clítoris, mordisqueándole mientras notaba que se ponía cada vez más erecto y ella cada vez se movía mas con las caderas.
Estaba llegando a su límite, era mas de lo que podía soportar, sentía que la cabeza le iba a estallar si no paraba.
No podía pensar con claridad, no sabía qué estaba gritando ni si podían oírla, pero en esos momentos daba igual.

Entonces sintió un dedo dentro de ella,se sorprendió y abrió los ojos asustada. Miró hacia abajo y vio su mirada, que la decía que todo iba bien.
Volvió a recostarse, aunque retorciendose, mientras él movía su dedo buscando el modo de hacerla sentir aún más placer.

"Por favor", imploró, "por favor". No podía articular más palabras, sacudía la cabeza de un lado al otro, estaba enloqueciendo por momentos.

Durante lo que parecieron minutos interminables, él dejó de ocuparse de ella para desvestirse. Con rápidos movimientos se quitó la ropa y se tumbó su lado.
La besó suavemente, pero ella buscaba más, quería deborarle, tenía hambre: un hambre que no podía explicar, lo necesitaba a él.

Se tendió encima de ella, mientras le miraba con ojos ansiosos. Abrió mas las piernas y subiendo las caderas se preparó para recibirle.
Sintió como la iba llenando con una leve embestida.
Abriendo  mucho los ojos gritó, dejándose llevar, abandonandose a lo que pudiera suceder.

Sucedía una sacudida tras otra, mientras el entraba y salia de ella sin dejar de besarla y acariciarla.
Ella arqueaba la espalda y le envolvia con las piernas para facilitarle los movimientos.
Sus ojos se ponían en blanco cada vez que le notaba dentro.
Aumentando la velocidad, sus piernas se cerraron más para no dejarle ir. No quería que acabase ese momento. Quería quedarse así para siempre.

Cuando sintió que iba a estallar, podía ver sus musculos internos cerrandose sobre él mientras llegaba al orgasmo y exhalaba un grito que contenía su nombre.
Dejó caer su esencia dentro de ella, dandola hasta la ultima gota de su ser, así quería que lo sintiera.

Se dejó caer, ambos sudorosos y temblorosos. Ella sentía escalofríos a cada caricia, no quería dejar de sentirle.

Rodó hacia un lado para poder abrazarla mejor, apoyando la cabeza sobre su hombro, la besó en el pelo y ambos se dejaron vencer por el sueño.