sábado, 24 de marzo de 2018

Estrellas en el cielo

Cuando un ser querido se va, el dolor que sentimos no se puede describir con palabras. Lágrimas silenciosas se deslizan por nuestras mejillas mientras maldecimos con la mente al mundo por ser tan injusto.
No era su momento, aún tenía muchas cosas que ver, muchas cosas que hacer, pero la verdad es que ya no está. Al menos entre nosotros, no sabemos si hay algo más después de esta vida, algunos creen en una vida eterna, otros en la reencarnación, pero no sabemos con certeza quién tiene razón en todo este asunto.

En el momento de la noticia, se produce una sensación de vacío. Piensas en todos los momentos compartidos con esa persona, recuerdas su risa: ya no volverás a oírla. Recuerdas cómo se expresaba, cómo era su carácter. Piensas en cómo habrá sido el momento en el que se ha ido, qué puede haber pensado o sentido. Eso solo hace que tus ganas de llorar aumenten y sientas un nudo en la garganta.

Y lloras, lloras amargamente o te quedas mirando a la nada sin poder articular palabra ni moverte. Entonces haces algo, algo simbólico, algo que sabes que es un pequeño homenaje a su memoria. Cortas unas flores del jardín y las pones en un jarrón. Las miras pensando que esas mismas flores bien podían haber sido un regalo para esa persona, pero que ahora son solo una muestra de respeto y recuerdo.
Tu cabeza recuerda, recuerda mil cosas sobre esa persona, también recuerda a otros que has perdido de manera injusta y vuelves a llorar.
Cuando ha pasado un rato tu cabeza vuelve a pensar de manera normal. Entonces recapacitas y piensas que, pese a todo, sigue con nosotros aunque no podamos tocarla o abrazarla, sigue entre nosotros cuidándonos y nunca nos va a dejar solos. Esbozas una sonrisa recordando las mismas cosas que hace un momento te habían hecho llorar y piensas que, seguramente, ella esté mirándote y no quiera verte llorar. Imaginas que puede verte desde donde este, imaginas que está junto a tus otros seres queridos y todos están contigo, quieres pensar que se han reencontrado y ahora no están solas. Por fin se han reencontrado aunque no haya sido de la manera que todos hubiéramos querido.
Tu mirada se dirige al cielo, lanzas un beso por cada uno de los que quieres pero ya no están.
[...]

Sonríes y piensas que, después de todo, la muerte, puede ser sólo el principio.

Para todas mis estrellas del cielo, que ahora tienen una más entre ellas. Nunca os olvido.

Un pequeño fan fic con permiso del maestro

Con el permiso del maestro Tolkien. Un fanfic de su obra El Señor de los Anillos.

 Elien miraba a través de su ventana las cascadas que adornaban el camino hasta su casa. Sus habitaciones estaban en el mejor sitio para poder contemplar aquel espectáculo. También estaban ubicadas en el lugar idóneo para poder burlar la guardia del palacio, cosa que hacía a diario.

Como hija del señor de los elfos, se esperaba que se comportase como su hermana mayor, quien era el mejor ejemplo de dama que se pudiera encontrar: delicada, culta, diestra en las artes de las letras y la música. 

Elien, en cambio, siempre quiso ser como sus hermanos, aprendió el uso de la espada y el arco a espaldas de su padre. Si bien el señor de Rivendel sabía que su hija menor burlaba sus normas y a sus hombres cada vez que se presentaba la ocasión, pues nada se escapaba al conocimiento de Elrond. 

Mientras su mente viajaba a sitios que nunca había visto, un ajetreo en la puerta de entrada atrajo su atención. 

¡Hobbits! Nunca había visto gente mediana, solían aparecer en los libros pero solo de pasada, no eran importantes para la historia. Al menos hasta entonces.
A los medianos les seguía un hombre alto, con sombrero puntiagudo y barba plateada: no podía ser otro que su querido Gandalf. Aquel mago era de los pocos amigos que Elien podía contar. Siempre traía historias del mundo exterior, historias de dragones, trasgos, orcos y otras criaturas. Gandalf encontraba en Elien un público ávido de conocimiento, y nada complacía más al anciano que contar sus aventuras a una mente joven.

Elrond, su padre, bajo a recibir a los visitantes. Algo debía de estar pasando para que gente como los medianos llegase a Rivendel. Debía de enterarse de que pasaba y decidió bajar a dar ella también la bienvenida a los visitantes.

Bajando las escaleras se encontró con una escena que no era nueva pero la seguía incomodando. De todos era sabido que Arwen amaba a Aragorn, un montaraz del Norte del que se decía era heredero del Isildur, el último rey de Gondor. Sin embargo, Elien no podía soportar verlos juntos, se habían criado juntos, como hermanos, esa relación se le antojaba antinatural e incestuosa.

Advertidos de su presencia, separaron sus manos para disimular delante de ella. Elien hizo caso omiso de aquel gesto mientras dirigía una mirada seria a Aragorn para que dejase solas a las hermanas.

-Padre no lo aprueba, somos como hermanos, el es humano y tu elfa, ¿quieres acabar como Luthien?- sus palabras desprendían preocupación y angustia, todos conocían esa balada donde una elfa renunciaba a su naturaleza por un mortal.
  • Elien, si pudieras ver lo que yo veo, no habría más palabras de reproche por tu parte hacia mi persona.- Arwen tenia por norma no contar a nadie sus visiones, salvo a su padre, pues este tenía el don de la premonición y era el único que podía decir si lo que veía era cierto o no.
  • Nunca cuentas lo que ves, hermana, me parece injusto que no quieras compartir tu don con nosotros.
  • Si contase mis visiones, viviríais temerosos al futuro, aún cuando sabemos que nos esperan todas las edades de este mundo. 
  • Como gustes, hermana.
Arwen se quedó mirando a su hermana mientras se alejaba, ella sabía que ambas compartían el mismo destino aunque lo ignoraba por ahora.

Elien cruzó los jardines del palacio y se topó de pronto con todos los invitados que había estado recibiendo su padre. Había otros elfos, enanos e incluso hombres. Se preguntaba a qué vendría tanto alboroto, pues los enanos rara vez se juntaban con gente grande y mucho menos con elfos.
-Elien, debes irte querida, vamos a celebrar un concilio del que no puedes ser partícipe- la voz de su padre sonaba seria y desprendía autoridad.
-¿Cómo que un concilio? ¿Qué ocurre que no nos has contado?
Elrond miró con exasperación a su hija, era tozuda y muy curiosa, no se iba a conformar con una orden. Pero en ese momento no importaba lo que quisiera saber su hija, había asuntos más vitales que requerían su atención. Sin decir más, levantó la mano en señal de advertencia y dio media vuelta en dirección a la terraza donde tendría lugar el concilio.

Elien no se iba a quedar esperando, nadie la diría nada y su sed de curiosidad no estaba calmada. Como conocedora de los entresijos y pasadizos del palacio, la costó poco llegar hasta la parte trasera de la terraza, unos setos la servían de camuflaje para que nadie pudiera verla. “Aquí no me verán”, pensó, pero cuando miro para abajo sus ojos se toparon con dos cabezas de pelo rizado. 
Los medianos se asustaron al ver allí a la elfa, temían que le delatase o les arrestase por el atrevimiento, pero Elien les dedicó una sonrisa y les indicó que guardaron silencio llevándose un dedo a los labios.

El concilio había comenzado. Hombres, enanos, elfos, uno de los medianos y Gandalf, estaban discutiendo qué hacer con un anillo que el mediano había llevado hasta allí. Hablaban de un poder terrible, como si el anillo tuviera vida propia y pudiera poseer a cualquier criatura.
Elien fue encajando piezas, pues recordaba que meses atrás Gandalf había ido a Rivendel en busca de archivos de la época de Isildur y la guerra contra Sauron. Hacía cosa de un mes que había llegado al palacio un mediano conocido por todos, Bilbo, en busca de paz y sosiego, y Elien recordaba cómo había envejecido de golpe en unas semanas. 
¿Sería que Sauron seguía vivo, que ese anillo era el mismo del que hablaban las historias? La sola idea de otra guerra así hacia palidecer a Elien pero se prometió a sí misma que, si una guerra estaba cerca, ella no iba a quedarse leyendo libros en su palacio. Si había que luchar por la Tierra Media ella iba a ir, le gustase a su padre o no.
Los gritos de los presentes devolvieron a Elien a la realidad, estaban discutiendo sobre quién debería llevar el anillo a Mordor para ser destruido. Unos hablaban de quedárselo para usarlo contra Sauron, cosa imposible de realizar, en palabras de Aragorn. Los enanos por su parte no querían que un elfo se llevase la gloria de destruirlo. En medio de este caso se oyó la débil voz del mediano, “yo lo llevaré”, decía.
Todos se pararon en seco, mirando incrédulos al mediano. Elien busco con la mirada a Gandalf y vio que el mago rezaba entre murmullos para que eso no ocurriera.
La insistencia del mediano, Frodo, por llevar el anillo llevó a Elrond a aceptar su oferta. Frodo tenia claro que quería llevarlo pero le invadía el miedo y no sabía cómo realizarlo. Pronto se presentaron voluntarios a ayudarle, Aragorn y Gandalf fueron los primeros, seguidos de Boromir (hijo del senescal de Gondor), Legolas Hojaverde (hijo de Thranduil, rey del Bosque Negro) y Gimli (hijo de Gloin, enano). 
Elrond bautizó este peculiar elenco como la Compañía del Anillo. Mientras pronunciaba estas palabras, saltaron del seto los dos medianos que habían sido compañeros de camuflaje de Elien. Ella no iba a ser menos y salió detrás de ellos.
  • En esa compañía caben 3 más, padre-, sus palabras salían a golpes de su boca y su mirada era fría.
  • A los medianos no puedo negárselo, pues no tengo poder sobre ellos para impedirles nada, pero tú eres mi hija, y la respuesta es no. No pienso arriesgar la vida de mi hija, menos ahora que vas a ser Reina del Bosque Negro junto a Legolas.
Esa noticia fue recibida como un jarro e agua fría sobre Elien, ¿como podía haber concertado su boda sin su permiso? Por un momento quiso gritar a su padre, pero primero pensó en todos los que estaban presentes y decidió callar. 
Legolas se acercó a ella e hizo intención de coger su mano, Elien se retiró asustada y se fue del concilio sin decir nada.

-¡TU!, sabías lo que Padre estaba haciendo y no dijiste nada, podías haberme avisado, podría haber intervenido. Padre me ofrece como si fuera una mercancía y la única que podía verlo eras tú pero callaste.- Elien se derrumbó al terminar la frase y cayó al suelo hecha un ovillo de lágrimas. 
Arwen la miraba impertérrita, pues había tenido noticia desde el principio de los planes de su padre, pero había prometido no hablar. También sabía que esa unión era poco probable aunque en esos momentos no pudiera decírselo.

[....]

-De todas las cosas hermosas, tú eras la última que esperaba encontrarme en este día, querida Elien.- la voz de Denethor sonaba sincera y afectuosa mientras estrechaba en sus fraternales brazos a la joven.
  • Querido senescal, muchas son las cosas de las que debo hablaros y entre ellas está el motivo de mi apresurado viaje. Bien sabéis que partí de mi hogar con la compañía del Anillo camino a Mordor, mas sucesos trágicos y desagradables hicieron que yo me separase del resto para poder traeros la noticia. Quería ser yo la que os la diera, aunque no esta en mi animo el ser portadora de tan malas nuevas.
  • Habla hija, no he tenido noticias de mi hijo desde que lo envié a casa de tu padre para el concilio. Tus palabras me causan angustia, temo no sean nuevas de mi agrado.
  • Denethor...vuestro hijo...- Elien se echó a llorar llevándose las manos a la cara, la expresión de Denethor se tornó blanca y seria.- Faltó a su palabra, quiso matar al portador del anillo, enloqueció por poseerlo y al final acabó con él. 
Denethor llevó a la elfa junto al fuego para que le relatase lo sucedido parte por parte, aunque su corazón ya había empezado a llorar la pérdida de su hijo más querido.
  • Salimos de Rivendel, no sin antes desobedecer a mi padre y tener serias palabras con el, pues tuvo la osadía de prometerme con el hijo del rey del bosque negro sin mi consentimiento...pero eso ahora no importa,- se enjugó las lágrimas y siguió hablando- Gandalf quería cruzar por encima de las montañas pero finalmente fuimos por las ruinas de Moria, allí le perdimos. Nuestra entrada despertó a los trasgos que aún allí se encontraban. Imagino que nuestra pelea despertó al barlog, nos persiguió hasta la misma salida de las ruinas, necesitábamos un milagro para poder salir ya que el barlog nos estaba dando alcance. Gandalf nos apremió a salir a todos mientras él no retenía. Lo último que nos dijo, mientras se dejaba caer al abismo con esa horrenda criatura fue “corred insensatos”. No había consuelo para Frodo ni para nadie. Pero había que seguir, pues nuestra misión era más importante que todo lo demás. Ahí fue donde la promesa de ayudar al portador de  Boromir flaqueó, pues Aragorn tuvo que intervenir para evitar que hiriese al mediano para quitarle el anillo. Boromir parecía fuera de sí y muy desorientado cuando pudo volver a la realidad. Eso creo un ambiente de inseguridad en la compañía. Sugerí ir por Lorien, pues allí tendríamos descanso y podríamos llenar nuestras alforjas de provisiones. Mi abuela nos recibió de buen grado. Mística como es natural en ella, nos ofreció regalos que solo tenían significado para su destinatario. Estar en Lorien nos repuso el cuerpo y el alma, yo partí de allí sabiendo que Gandalf no estaba perdido del todo. Se que va a volver con nosotros aunque no sepa en que momento lo hará. Mientras seguíamos nuestro camino, fuimos asaltados por una horda de orcos. Ahí fue donde todos nos separamos. Se que Frodo y Sam partieron solos hacia Mordor. A los otros dos medianos los capturaron los orcos. Del resto no supe nada. Tuve que refugiarme en una galería cercana al río. Cuando pude salir, seguí el río con la esperanza de que él esto hubiera hecho lo mismo. Una mañana mientras caminaba, me sorprendió el olor a humo de una antorcha que se acercaba por el agua. Cuando estuvo cerca de mi pude ver de que se trataba. Era el cuerpo sin vida de vuestro hijo, habían preparado para él una canoa con sus pertenencias, entre ellas su cuerno. -sacó de La Bolsa que llevaba un cuerno roto, el mismo con el que tiempo atras Boromir había proclamado sus victorias- En ese momento supe que tenía que venir aquí para daros la noticia y para advertiros de que el Enemigo se está preparando, no se va a detener ante nada y no está claro si su primer objetivo será vuestro reino o el vecino reino de Rohan.
  • ¿Como sabes tú eso, querida? 
  • Olvidáis de quien soy hija, senescal. Veo cosas que ni siquiera mi padre puede ver. Mas no me esta permitido intervenir en el devenir del mundo.
Denethor lloro en silencio a su hijo. Había perdido la joya de su corona, su querido y preciado hijo. Aún tenía al menor, Faramir, pero para él no había comparación. Siempre había preferido a Boromir como capitán de sus ejércitos, veía a su otro hijo débil y poco apto para la batalla, pues siempre andaba metido entre libros y Denethor no era hombre que apreciase las letras por su poder en batalla.

[...]

  • Te he buscado por toda la ciudad, no creía la noticia de que estabas aquí.- Faramir corrió a abrazar a Elien.
    Habían sido compañeros de lectura desde la niñez. Elrond solía enviar a Elien a Gondor durante largas temporadas para que asimilase la sabiduría que se encontraba en las bibliotecas de la ciudad. Libros de edades pasadas, guerras, había de todo en esos escritos y Elien había devorado durante siglos cada pergamino.  Había conocido a Faramir cuando este era sólo un infante pero a medida que había crecido habían desarrollado un vínculo especial. No era raro encontrarlos entre manuscritos leyéndolos o traduciendo runas de enanos al lenguaje de los elfos. Elien le enseñó cosas sobre los elfos, como su idioma. Había encontrado en el joven un alumno delicioso, ávido de conocimiento. Con el paso de los años, Faramir era un apuesto joven. No tardó en crecer entre ellos un afecto que derivó en amor. Ambos se amaban pero por razones obvias, no podían estar juntos. Elien era inmortal y él era humano, sabían que Elrond no permitiría una unión de ese tipo.
  • Faramir, me llena el alma de alegría verte en esta hora sombría. Me temo que las nuevas que he traído a tu padre son para ti igual o peor recibidas.- Elien le relato lo sucedido, explicando la muerte de su hermano. Faramir guardó silencio al conocer la noticia.
  • Mi padre estará destrozado, creerá que su linaje está perdido. Yo nunca he estado a la altura de merecer llamarme hijo suyo, y ahora con menos motivos va a reconocerme como heredero.- La voz de Faramir se quebró al decir esta frase, llevándose las manos a la cara para ocultar sus lágrimas, dio media vuelta para evitar que Elien viera su flaqueza.
  • Faramir no te vayas, no mereces ese trato y bien sabe tu padre que vales lo que tú hermano y más. No ha visto el gran hombre que eres, dale tiempo a que curen sus heridas y verás que cambia de parecer.
Faramir miró a su querida elfa, solo su recuerdo le mantenía con ánimo cuando los desplantes de su padre conseguían herirle. Habían sido tantos años de ser el segundo, el suplente, el hijo que nadie quiere tienen en su mesa y que es motivo de vergüenza. Nada de eso era cierto, pro Denethor estaba demasiado cegado por Boromir. Aunque su hijo mayor no soportaba ese comportamiento, no podía o no quería evitarlo. Faramir recordaba como tiempo atrás, su hermano había recuperado una plaza que daban por perdida. Denethor había reprochado a su hijo menor delante de toda la ciudad que el culpable de todo era Faramir, ensalzando la hazaña de Boromir por encima de su otro hijo.

[...]

-Tú padre está ciego, no quiere ver el peligro que se cierne sobre Gondor. Faramir debes hacer que cambie de opinión, la ciudad debe prepararse para el ataque del Enemigo.- Las palabras de Gandalf suplicaban ayuda, Denethor había recibido de muy malas maneras al mago y a su mediano acompañante. Pippin había acabado ofreciéndose para servir al senescal como pago por el sacrificio de su hijo al salvarles la vida a él y a Merry. 
Habían pasado varios días desde su llegada pero el mago sentía que el tiempo se acababa, la sombra de Mordor había crecido y se iba acercando a Minas Thirith. Faramir estaba dispuesto a seguir a su padre hasta las últimas consecuencias, Elien no encontraba la manera de hacerle cambiar de parecer. Esa noche, la elfa se coló en la habitación de Faramir. Este estaba mirando por la ventana, con la mirada perdida. Habían recibido la noticia de una hueste de orcos acercandose a la ciudad. Faramir, como capitán de la guardia debía repeler el ataque. Saldrían al amanecer para pararlos, o al menos intentarlo.
  • Faramir, vas a conseguir que te maten. No ves que las órdenes de tu padre no tienen sentido, van a masacrar a la guardia de la ciudad por la ceguera de su senescal, vais a dejar la ciudad desprotegida...y yo voy a perderte.- Dijo esto con lágrimas en los ojos, nunca había amado a nadie como amaba a Faramir. La sola idea de que pudiera perderle hacia que la elfa quisiera para ella también la muerte.
  • Elien, me debo a mi padre, el es el señor de Gondor y yo soy su capitán de la guardia. No le debo más lealtad a nadie.
  • Sabes que esa estrategia es una operación suicida, tu padre delira, le ha devorado el miedo y no ve más allá de eso.
  • Es posible, pero como señor mío que es no tengo más opción que cumplir sus órdenes y, si como tú dices, es una estrategia suicida, morire cumpliendo con mi cometido.
Elien lloraba con más fuerza cada vez que Faramir pronunciaba una palabra. Entonces tomó una decisión que sabía que le podía costar algo más que la desaprobación de su padre. 
  • Si vas a morir mañana, déjame tenerte esta noche.- 
Faramir la abrazó como si por fin tuviera lo que llevaba tanto tiempo deseando, que enredó las manos en su pelo para atraerla más a él. Beso su cara limpiando las lágrimas que surcaban sus mejillas. Se miraron durante un eterno segundo a los ojos. Ambos se devoraban con la mirada. Habían dejado tantos años escondido su amor, tantos años deseando lo que sabían que no podían poseer. Ahora se tenían el uno al otro y, quizá por la espera eterna no sabían cómo sentirse o que hacer. Elien arrancó a reírse, era una risa nerviosa mezclada con las lágrimas pero Faramir se sentía agusto... [...]