Todo es niebla, no hay nada que se pueda ver en varios kilómetros a la redonda. Contemplo mis manos, frías y secas. Concentro mis pensamientos para poder ver a través de la bruma. Pero es imposible, mi caminar es errante. Ignoro donde me llevan mis pasos, pero me da igual.
De pronto, esa niebla envolvente se torna en claridad. Levanto la mirada y veo lo que esperaba ver: es la guardia del rey, sin duda les habrá costado poco encontrarme. El rastro a sangre que he ido dejando con mis heridas podía haber servido a cualquier depredador para atacarme, ojalá así hubiera sido.
Me ofrezco sin resistencia a ser detenida. Me arrastran hasta la fortaleza principal. Un castillo imponente pero lúgubre, mirarlo te entristece el alma ( si alguna vez tuvimos una), cuatro torres coronan el castillo mientras un tenue fuego alumbra la portada y el patio interior.
Me atrevo a mirar las caras de los que observan mi peculiar procesión, lejos de adorar sus miradas desprenden odio y, algunas de ellas, miedo.
Me temen porque me ven como una amenaza a su posición y su forma de vida. No saben o no quieren saber que en realidad esta vida no es la que nos pertenece. De hecho no deberíamos existir, pero los caprichos del destino han querido que estemos aquí, aun cuando no estamos vivos, pero tampoco muertos. Es una existencia pobre la nuestra, si hubiera podido completar mi misión ya no estaríamos aquí.
Llegamos al salón del trono, me tiran con desprecio sobre el suelo de mármol blanco, puedo ver mi reflejo en las baldosas y lo que veo me horroriza aún más. Mi propio reflejo me mira con decepción, vergüenza y un poco de pena. Debo de ser un espectáculo para ellos, deben de estar divirtiéndose.
- Vaya, vaya, vaya... - Esa voz hace que de un respingo. No me atrevo a mirarle a los ojos, a él no. -Vergüenza, deshonra, decepción, son pocos los adjetivos que se me ocurren para describir lo que has hecho y en lo que te has convertido-. Mientras camina a mi alrededor solo puedo ver el ondear de su capa, bajo mas la cabeza y cierro los ojos para evitar cualquier contacto.
- Mi propia hija, mi propia sangre, mi linaje corrompido por tus actos y tu desobediencia, ¿te das cuenta de lo que esto significa? El consejo me pedirá que te destierre y te marque, tendré que fingir que nunca tuve una hija.
- Padre... Se que mis actos te han ofendido y avergonzado, mas no pienso retractarme de ellos, pues de haber logrado mi objetivo ahora mismo seríamos libres y no los esclavos que llevamos siglos siendo por la forma de vida que tú nos impusiste- oigo resonar cada palabra que sale de mi boca en la sala, seguida de los murmullos acusadores de los presentes.
- Ahora me acusas a mi, de la vida que os he dado, ¿cuántos estarían muertos ya de no ser por mi desinteresado hacer?, ¿cuantas madres habrían llorado a sus hijos de no haberles dado una segunda oportunidad, cuando el resto del mundo les daba ya por muertos? Dime, querida hija, dime donde ves tú el mal que he cometido.
Esto es más de lo que puedo soportar, saco fuerzas de donde no las tengo y me levanto para mirar a mi padre, al rey, a la cara. Sus ojos se cruzan con los míos, ambos tenemos esa misma mirada de decepción y rabia. Mi decepción por no haber conseguido mi objetivo y rabia por no hacer entender a nadie el error en el que vivimos. Mi padre solo ve a través de los ojos del consejo, ese círculo de “sabios” que, lejos de buscar el impartir justicia entre nosotros, siembran discordia para mantener ese espíritu de lucha y sed de sangre que habita en todos.
Una vez fui leal a ese consejo, me creí todas las mentiras que me contaban, llegué a pensar que nuestra forma de vida era la única posible. Años, más bien siglos, avalan sus normas y sus dictados, graves son sus castigos para quienes les desobedecen y generosos los favores que conceden a quienes les adulan. Un puñado de viejos a los que nuestra forma de vida les salvo de una muerte horrible.
Recuerdo cuando, de niña, mi padre me contaba historias sobre los ancianos del consejo, de como habían llegado a serlo. Mi padre era la causa de que nosotros existiéramos, aún cuando no sabía exactamente lo que éramos. No estábamos muertos luego no podíamos morir pero no pertenecíamos a los vivos. A todos se nos cortó la vida en un momento apropiado, unos tras alguna enfermedad incurable, otros por estar al borde de la muerte por un accidente, pero todos acabamos en el mismo sitio.
En mi caso, fue una gripe de aquella época ( no recuerdo cuando fue, ha pasado demasiado tiempo desde entonces), mi padre sabía que solo podía salvarme si me convertía y eso fue lo que hizo, cuando desperté mi vida ya no era mi vida. Me enseñó todo lo que debía saber de nuestro mundo y los límites que había. Me hizo creer que no había manera de acabar con nuestro estado, que estaríamos así eternamente, viendo como se sucedían los años mientras nosotros permanecíamos inmutables al paso del tiempo.
Yo siempre supe que tenía que haber algo más, algo que no nos querían contar. Cuando tuve el conocimiento suficiente, decidí adentrarme en el mundo de los humanos, para ver que había de cierto en lo que nos habían contado.
Lo que encontré me rompió el corazón, pude ver vida, vida en todos sus niveles y en toda su extensión. Nuestro mundo era un lugar lúgubre donde solo se respiraba muerte. En cambio este nuevo mundo ofrecía un abanico de posibilidades a sus moradores. Pude ver también muerte en este colorido mundo, pero no una muerte que condena, si no liberadora, pues la gente que era consciente de ella sabía que, después de este, habría otros mundos donde seguir gozando de los placeres de la vida.
Ese era el motivo por el que nos mantenían ocultos, la muerte. Nosotros no podíamos morir pero se podría decir que estábamos algo muertos, ya que nuestras funciones vitales estaban reducidas a las básicas. Podíamos respirar pero no podíamos sentir amor o miedo, nuestra percepción de las emociones estaba dormida, al menos en lo que a los humanos se refiere. Éramos simples espectros caminando, con la única certeza de que, al menos, nuestra existencia sería eterna.
Quise hacer que los nuestros probaran la muerte, quise liberarles de esta vida que no era vida para que pudieran saborear algo de lo que nos estaba vedado. Quise matarlos, es cierto, encontrar la forma en que podía liberales de esa existencia.
Pero se me planteaba un problema, ¿cómo matas a alguien que no está ni vivo ni muerto?
Decidí investigar en los sitios donde la muerte era la protagonista, visite cementerios, morgues, hospitales. En ninguno hallé respuesta, puesto que todos los que morían habían estado vivos.
Quizá matando la parte viva de nosotros, podríamos estar enteramente muertos, aunque la sola idea me sonaba a locura.
-Mírame a los ojos si aún te queda algo de vergüenza -, me coge la cara con ambas manos para asegurarse de que le miro. - Has querido acabar con todos nosotros, has intentado matar a los de tu propia especie.- Con cada palabra su rostro se vuelve más y más oscuro, está enfadado, muy enfadado, y tiene mi cara entre sus manos. Si quisiera podría hacerme pedazos, ya lo ha hecho en otras ocasiones. Pero solo con aquellos que se han atrevido a traspasar la línea del rechazo a los humanos.
- Esta que tú llamas vida, no lo es, no somos más que sombras de lo que un día fuimos, lo único que hacemos aquí es postergar nuestra muerte verdadera. Dime, padre, para que sirve una existencia como esta si solo las sombras pueden vernos, si causamos temor solo con oír susurrar nuestro nombre. No, padre, no podemos estar huyendo constantemente del destino. Teníamos que haber muerto hace mucho pero aquí estamos, todo porque tú te negaste siempre a aceptar la muerte como una parte más de la vida. Todo porque eres un cobarde.- Con esa última frase, siento que acabo de sentenciarme, solo me mira mientras sus ojos van cambiando de la decepción a la vergüenza, su propia vergüenza.
- Pensé que nunca llegaría el día en que alguno de nosotros se preguntase esto, que nuestra comunidad sería eterna, que veríamos sucederse los años y las eras sin sufrir por el paso del tiempo.
De repente, me suelta y se deja caer de rodillas al suelo, esta llorando. Mi asombro se hace notable, mi padre, llorando, de modo que el sabía que esto estaba mal, que esta existencia era una manera de huir dela realidad y del destino.
- Padre, - me dejó caer a su lado y le paso la mano por el hombro, - estamos a tiempo de cambiar las cosas, tú sabes cómo podemos acabar con esto, solo tenemos que hacerlo.
- De modo que, morir es lo que quieres, quieres hacer frente al destino y no dejar pasar más tiempo de esta vida. Sea, pues.- De repente, vuelve a mirarme pero con los ojos encendidos de rabia, me coge por los hombros para tumbarme sobre el suelo mientras mi mente intenta descubrir que está pasando.
- Un padre debe consentir a su hija, aunque realmente no sea su padre.- Mientras está confesión me deja paralizada, saca de su túnica una daga color plata con la que me atraviesa mientras me mira. - Descansa en paz, hija, pues los que aquí nos quedamos seguiremos luchando contra esa amiga que tanto quieres, la muerte.
Ya no puedo articular palabra. Siento mi cuerpo como nunca antes, siento dolor donde la daga se ha clavado, pero también me siento liberada. Cuando siento que abandono mi cuerpo, mis labios esbozan una sonrisa de gratitud hacia el que fuera mi padre. Después de todo, he conseguido mi objetivo, aunque no fuera para todos. Después de todo, he conseguido abrazar a la muerte. Cierro los ojos consciente de que me sumerjo en el sueño eterno, me siento feliz por primera vez en muchos años, contra todo pronóstico consigo mi objetivo: muero.
Nota: se trata de una versión sin revisar las faltas. Está en proceso